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martes, 29 de noviembre de 2016

RETRATO DE UN HOMBRE, EL FRANCÉS

-José, tienes una visita.
-¿Otra? ¿Esta vez quién é?
- Uno con pinta chiflado. Dice que es colaborador del periódico “Voz gitana”
-¡Joder con la raza calé! Con periódico propio y tó. ¿Cuánto tiempo tengo?
-Quince minutos. La hora de visita ya se ha terminado; esto es una excepción.
José mira hacia el ventanuco; la luz está cayendo, pronto se hará de noche…

 Una luz en el firmamento:

Jacinto Paredes había cosechado a sus cuarenta y cuatro años, una centena de trabajos que le reportaron escasos ahorros para un futuro inmediato.
 De sus dos relaciones amorosas no tuvo fruto que dar de comer, y según llegaron, partieron; de ellas no quedó ni el humo de un cigarrillo.
Después de esto, llegó a la conclusión que lo suyo eran los prostíbulos para dar rienda suelta a su ímpetu de lobo solitario. Una botella de güisqui era mejor compañera y más barata.
 Desde hacía un par de años, trabajaba por libre, unas veces sus artículos no veían la luz aunque se los hubieran pagado. Otras, escribía en periódicos locales poco o nada conocidos.
Él se trasladaba con la mochila al hombro y su ordenador, sus únicas pertenencias, a donde la apetencia le pidiera sin tener que rendir cuentas a nadie.
 Una mañana, sonó el teléfono. Era temprano, Jacinto estaba desayunando unos macarrones secos  de hacía dos días. Lo dejó sonar varias veces. Al fin lo descolgó y estuvo hablando escasos minutos. Al colgar se mantuvo pensativo, a continuación, se encaminó al dormitorio y metiendo cuatro cosas en la mochila, recogió el ordenador, dejando el suculento desayuno que se pudriera para mejor ocasión. Fue en busca del coche.
 Después de recorrer una veintena de kilómetros por una carretera ensortijada, que cada curva le elevaba un centímetro más al cielo, así hasta llegar a la cumbre de una estrella.
Ante sus ojos apareció un pueblo tan inmaculado como la nieve. 
Dejando aparcado el coche en la plaza, sacó un papel arrugado del bolsillo de su gabardina negra y se encaminó por callejuelas tan estrechas y enroscadas como la propia carretera en busca de su destino.

-Buenas noches ¿Don Pedro?
-¿Quién es usted?- Unos ojos del tamaño de una hormiga lo escrutaban con desconfianza. Una voz que procedía del patio, sacudió el interrogatorio e invitó a Jacinto a pasar-
-Siéntese Jacinto. ¿Hace una copita fino?- la voz era ronca y arrastrada, con ese deje andaluz que los años y la distancia no borran.
-Sí, gracias. Usted dirá.- La atmósfera era placentera, en un espacio que bien imitaba a un patio árabe, entre espeso y cuidado follaje; el agua de una fuente ponía el sonido junto a una melodía que parecía un susurro, imitando la voz de Camarón.
-Seré breve. El hablar no e lo mío, sí, actuar. Usté no tié donde caerse muerto, sin embargo, me han dicho que es mu bueno en el retrato y la letrilla. Yo no sé ni leé ni escribí, no tuve tiempo. Quiero una foto de mi nieto que haga justicia y hunda a tanto mal nasío que hay en este mundo. Yo le contaré cosillas, usté hablará con él cuanto sea necesario. Vivirá mientras tanto aquí pa que se acerque a su ambiente, donde él cresió. Le pagaré mu bien.
-¿Cuánto?- Jacinto no se iba por las ramas y aunque le gustaba la proposición del viejo, intuía que ésta era buena oportunidad para engrosar sus débiles caudales.
-Déjelo de mi mano. Me gusta usté, es directo y se nota que es un payo legal.

 Una mota de polvo en el cielo:

He soñado tantas veces con volver, que ya mis sueños están gastados y las lágrimas derramadas son tantas, que he creado un lago en mi alma. Allí navego en las noches oscuras en busca de recuerdos que me devuelvan a la orilla.
 ¿Sabe usted, amigo forastero, lo que significa escuchar el rumor del viento, el canto de un pajarillo sin alcanzar a ver sus alas? No, no lo sabe.
Aquí he aprendido a dominar el coraje, la soledad y el miedo. A mirar a los ojos y a leer en ellos.
 La injusticia se me hace chica ante el pensamiento de la honestidad creciente, ante una ley que desconozco pero sé que alguien vigila para que se cumpla y la libertad vuelva a mí.
Cinco años con sus días y noches es mucho tiempo sin aire. Me ha dado tiempo a buscar mi camino, reflexionar y conocer mi querer.

Ayer cumplí treinta años, ya estoy a tres de la edad de Cristo, ése que me acompaña en cada momento y que no conocía hasta que la cancela mecánica se ciñó a mi persona.
Fue un celador quien me trajo un librillo. En aquel entonces apenas sabía hacer unos pobres garabatos sobre el papel. Con paciencia y determinación, me enseñó lo bello que es ver reflejado tu pensamiento sobre la hoja sepia.
La lectura me llevó a Dios que se incrustó en mi corazón como una lapa. Él me hizo ver por los derroteros que mi vida andaba y, ¿sabe una cosa? No me arrepiento de ná porque ná hice para merecer este calvario.
 Confié en quien no debía. La amistad pa mí es como una hermana, unía por un cordón umbilical invisible. Das tó por el amigo en un aprieto…, pero desconoces que te vaya a clavar la navaja por la espalda.
 Mentir no he mentío ¿Qué sé de drogas? Tó amigo, pero eso no quie decir que mis horas estuvieran entre estupefacientes que matan a la juventud.
Tengo cuatro polluelos que crecen a ca minuto, si pa ellos quiero lo mejor, ¿cómo voy a echar una simiente pa que ellos se ahoguen en ella? Lo mío, es cantar canciones que nacen de mi alma, y que hablan del corazón y del amor.
¿Quién no ha fumau alguna vez? ¡Venga hombre!, hasta la pasma lo probó y no por ello le privaron de la bombona de oxígeno.
¿Qué es la verdad? No soy nadie, por eso estoy aquí… Otros con influencias y billetes no hubieran estado aquí.
 Las preguntas que me hago, muchas se quedan enredadas entre los barrotes despintados, pero siempre hay alguien que te echa un cable, ése por ejemplo, el que está apostado en la esquina, mató a uno por odio, pero es mejor que muchos que andan sueltos, que dicen ser santos con el puñal escondío bajo la camisa.
Aquí los sentimientos se acrecientan…, una calada prestada de un cigarrillo es un manjar, una mano en el hombro es un beso.
El asesino del que le hablo, me dijo un día “Tú no eres pa estar dentro, lo llevas marcau en la cara” Eso me animó a buscar mi esencia, amigo.
Cuando las rejas me aprisionaron, lo acepté con rabia pero apreté los dientes y seguí pa lante. Juré venganza…, sin embargo, hoy esa palabra carece de sentío, más bien deseo aire pa volar y voz pa gritar.

La voz ausente:

Jacinto sentía pasar las horas como lentas gotas de ámbar en una noche interminable, fría y sin estrellas.
Muchos meses de probar y no lograr la inocencia perdida, desbarataba sus esperanzas, pero no por eso  desistió en el intento de hacer justicia a un preso redimido de nada que arrepentirse.
Si la escritura es un medio para llevar un corazón a otros que no lo tienen, bien merece el intento.
 La realidad bien mirada, tiene esencia surrealista, y cada uno puede luchar por una verdad que aunque débil puede hacerse fuerte.
 Había llegado el día; las doce treinta, era la hora de nuestro encuentro…

 Estrella en el firmamento:

José llevaba tres horas en la calle respirando aire fresco y su faz se ha  tornado rosácea. Un brillo extraño en sus ojos, un mirar henchido de satisfacción aunque las manecillas del reloj son imparables y marcan la hora de la asfixia.
 Le han concedido el tercer grado y cada ruido que siente en el asfalto, por leve que sea, retumba en su corazón con la potencia de un trueno.
 Con la guitarra al hombro para cantar su romanticismo calé y las lágrimas como nublado, la voz quebrada y la compostura triste… camina José El Francés  en busca de de su libertad total… mientras, un rocío pasea por su alma.

P.D. Este relato es ficción, es parte de alguna verdad en la vida de una persona que, sin duda, existe.
Como él, hay muchos diseminados por las cárceles de la tierra, del alma y de uno mismo.


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