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lunes, 2 de enero de 2017

ALFREDO Y RENO

Cuando la última estrella se retiró del cielo y la luz se derramaba tímidamente por los campos, Alfredo como cada día ya llevaba al menos una hora levantado. No había perdido la costumbre de madrugar aunque los años se fueran hacinando a sus espaldas impidiéndole hacer muchas cosas que, antes, emergían solas y sin esfuerzo alguno. Delante de su tazón de café, café negro, solo y tres cucharadas de azúcar, lo mira sumergiendo sus ojos claros en esa oscuridad líquida buscando un porqué para dar sentido a sus próximas horas. Carmina sigue en la cama, apostada en su posición fetal, agarrada a la almohada para que no se la escape el último calor de Alfredo. Cincuenta y tres años juntos “¡Cómo pasa la vida!”, se dice Alfredo desde aquella mañana de mayo en que dijo “Sí, quiero” a Carmina en la ermita de Simancas, el segundo proyecto de su vida. El primero fue implantar un gallinero con el terruño que heredó de su abuelo Marcial y cuando las gallinas comenzaron a dar beneficios, pidió la mano de Carmina al Antonio, primo segundo de su padre que vivía en Valladolid y se ganaba la vida de chófer. Y fue el Antonio precisamente el primero que ayudó a Alfredo con el negocio de las gallinas. Por aquel entonces el Antonio no tenía coche propio pero trabajaba para don Manuel, un avezado comerciante de ultramarinos, que poseía ya dos coches a finales de los años cincuenta. Cuando los sábados terminaba de trabajar y si don Manuel no necesitaba los servicios del Antonio, éste le pedía el favor para que le prestara el Citroën 2CV. Se subía a Simancas y ayudaba a repartir los huevos a Alfredo, desde Tordesillas hasta Zamora.
Nada más casarse Alfredo y Carmina, ésta se quedó preñada de de Toñín, pseudónimo de Antonio, y a los nueve meses, un día y tres horas nació Toñín, un niño avispado, cariñoso, lleno de vida, igual que su madre. El primer juguete de Toñín fue Clara, una pobre gallina muy paciente con el niño y que murió prematuramente de tanto achuchón que la daba el niño. Pero Toñín pronto se olvidó de la gallina Clara el mismo día que su padre apareció con un flamante coche de su propiedad. Para ello, tuvo que hipotecar el terruño, las gallinas, incluso la casa, pero Carmina, mujer de visión amplia y decidida, le animó. Su suegro no las tenía todas consigo pero siempre había considerado a su hija pequeña, Carmina, como una chica sensata y muy predispuesta, así que los dos fueron al Banco Central, solicitaron el préstamo y, después de haber ido más de diez veces al concesionario de la Renault a ver, pedir toda serie de datos, Alfredo compró un flamante coche, el Renault 4. Noches sin dormir se pasaron Carmina y Alfredo pensando en la inversión, en sus riesgos. “Mira, Carmina, tiene cuatro cilindros en línea, una potencia de treinta y cuatro caballos, motor delantero y una velocidad máxima de 116Km/h” Carmina le escuchaba atentamente aunque no entendía nada; sus ojos solo veían aquel rojo brillante, sus cuatro puertas e imaginaba la cantidad de huevos que cabrían allí dentro. Así que un cuatro de mayo de 1964 Alfredo y don Antonio entraron en Simancas con un Renault 4, con las ventanillas bajadas saludando a todos los vecinos que se habían congregado en la plaza mayor.  La gente hablaba de Renault mientras el pequeño Toñín les escuchaba, tanto oyó esa palabra extraña que cuando su padre se apeó del coche, el niño se tiró a los brazos de su padre y le dijo “Padre, súbame a Reno”, y así se quedó bautizado el nombre del primer coche de Alfredo. Pasaron los años, se pagó el préstamo, cosa que a Carmina y que nunca confesó a Alfredo, le quitaba el sueño pues una pregunta la martilleaba noche y día en silencio “¿Y si el negocio de las gallinas se va a pique y nos quedamos sin nada porque no podemos pagar a Reno?” Pero el día que se pagó la última letra del coche, Carmina y Alfredo durmieron profundamente; es más, se pusieron a procrear hijos. Un total de cinco.
Posteriormente el negocio de las gallinas sufrió sus altibajos pero jamás faltó un plato de lentejas y garbanzos en la mesa de Alfredo y de Carmina. También hay que decir que aunque Alfredo era muy trabajador, se conformaba con poco y Carmina era una mujer muy apañada, con lo cual gastaban lo justo. Dieron carrera a dos de sus hijos., Mari Carmen estudió Filosofía y letras, sacó una oposición y actualmente vive en Bruselas. Viuda y con tres hijos. Alfredo junior estudió derecho y tiene un bufete muy pomposo en la calle Santiago de Valladolid. Casado con una mujer acaparadora, insaciable consumista con la que ha tenido dos hijos; apenas van a Simancas, Alfredo junior, imbuido por los aires de su mujer reniega un poco de sus orígenes humildes. Marcial, el penúltimo hijo de Alfredo y Carmina les salió rana. Vago y crápula y se fue a conocer mundo; llevan tres años sin saber nada de él. Sólo una postal de felicitación por navidad. Carmina las guarda como “oro en paño”, es lo único que tiene de su hijo y aunque vividor y casquivano, es su hijo. Teresa, la última, sintió la llamada de Dios y se metió monja de clausura, asunto del que casi no se habla en casa pues Alfredo está muy enfadado con Dios y más de una noche, cuando se sienta al fresco, mira al cielo y dice “Dios mío, ¿no podías poner a tu servicio a monjitas del continente africano, que hay muchas, en vez de llevarme a mi Teresita con lo bien que se la daban las gallinas?” Pero Dios no le responde y Alfredo, cada noche, apaga las luces encogidas y tristes. No ha superado la muerte de Toñín, tan bueno, servicial y trabajador. Siempre al lado de su padre, aportando ideas, a veces descabelladas, pero que Alfredo acataba como si le fuera la vida en ello. Un día, hace más de diez años, Toñín se puso malito, no sabían lo que le pasaba. Le bajaron al hospital y sólo pudieron certificar una septicemia; en treinta y seis horas estaban enterrando al muchacho. Desde entonces a Carmina no la brillan los ojos y su duelo es perpetuo aunque silencioso, no quiere alterar más la pena que siente Alfredo.
Poco a poco las gallinas fueron desapareciendo hasta que se quedaron reducidas a seis que tanto Carmina como Alfredo cuidan con esmero. Viven de los ahorros y la pequeña pensión de Alfredo. No necesitan más.
Alfredo, ya se ha tomado su café, tan negro como la noche, con sus tres cucharadas bien colmadas de azúcar. Es muy goloso. Se levanta de la silla de enea y sus movimientos son mecánicos y las costumbres, enraizadas.
Abre la puerta de la casa, respira hondo el frescor del amanecer y, apoyado de su bastón se encamina al antiguo gallinero. Abre la portezuela, enciende la luz y dice “Buenos días Reno, ¿cómo has descansado?” Los ojos de Alfredo se encienden de cariño aunque una lágrima furtiva se escapa. Tan embelesado está contemplando a su coche, un Renault 4 que revienta sangre de rojo que es a pesar de los años transcurridos, que no siente los pasos sigilosos de Carmina. Ella llega, se agarra al brazo de Alfredo y sonríe aunque su corazón llore. Ese coche rezuma historia. La historia de una familia sencilla que un día apostó por un coche, el único que tuvieron, no hizo falta más, y que su hijo Tonín llamó Reno.

Alfredo, coge un plumero, pasa el polvo inexistente al coche. Después coge la mano de Carmina y se van lentamente a casa. Un nuevo día acaba de despertar.

1 comentario:

Ricardo Tribin dijo...

Lindo carro, que me recuerda al mio de 1973.

Te inspiraste con tu bello texto

Te dejo un besazo.