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martes, 31 de enero de 2017

BAJO EL INFLUJO DE LA LUNA

Miré la hora. Cuatro menos cuarto de la madrugada y silencio total. No sé por qué pero un leve escalofrío recorrió mi cuerpo. Miré hacia la ventana, la persiana estaba levantada y vi una sombra pasar. Apagué la luz y me arrebujé en las sábanas sin dejar de mirar al cristal, yo había visto precipitarse una sombra, no era una ilusión óptica, de eso estaba segura. Tuve miedo.
Tres meses atrás…
Me costó abrir la puerta. No había vuelto desde la muerte de mi madre, días después ingresamos a mi padre y la casa se cerró, ninguno nos preocupamos por ella, de eso habían pasado dos malditos años. Tiempo que a mí me fue de mal en peor. Perdí el trabajo, aborté perdiendo a mis gemelos y terminé divorciándome. Paco, un putero. ¿Algo bueno? Absolutamente nada. Solo me quedaba el refugio de mis padres, la casa. Mis dos hermanos, uno vive en Ginebra y otro en Chicago, y mi padre olvidado en una residencia de ancianos. En los dos años habré ido cuatro veces a verle, no más. Mis hermanos, ninguna. Me dicen “¿Para qué? Ni se entera de quiénes somos” A lo cual les respondo en silencio “¡Ojala pareciera yo Alzheimer y olvidarme de mis desastres!”
Olía a rancio, una nube de polvo en suspensión la hacía misteriosa. Dejé mis pertenencias en el hall; dos maletas enormes y una bolsa. Hay tres puertas selladas, abro la primera, el salón, las rendijas de las viejas persianas dejan entrar unos rayos sombríos que se depositan en los rincones; en uno de ellos está el enorme esqueleto de la planta favorita de mi madre. De repente me pregunto “La dejamos morir o, ¿la matamos?” Dejo el salón atrás y abro una segunda puerta; la cocina. Devastada por el tiempo, tres vasos con pintura de labios en sus bordes, cinco platos con restos de comida convertida en moho, un par de telarañas alrededor de las banquetas y virutas de polvo girando sobre sí mismas. Abro la nevera, me ha entrado sed, el tufo que sale me hace cerrarla; está encendida. Me voy de allí y abro la tercera puerta, el pasillo. Inconscientemente cuento las puertas que guarda aquel largo rectángulo; nueve. Una ventana deja entrar la única alegría que parece viva en esa casa, la luz de un otoño temprano. Voy abriendo puertas como escandalosos recuerdos que me van surgiendo en el desván de la memoria. Todo parece haber sido usado ayer si no fuera por ese maldito polvo y las telarañas. Tres camas sin hacer, armarios abiertos, plantas disecadas, pelos en la bañera, periódicos en el suelo… Abro la última puerta, mi dormitorio, el de la juventud perdida que mi madre quiso guardar tal como lo dejé al casarme. Pulcro, ordenado, parece mentira que esté así después de haber visto el resto de la casa. Me siento al borde de la cama y no dejo de preguntarme “¿Qué ha pasado durante este tiempo dentro de estas paredes?”
Mi móvil suena, es Patricia mi amiga de la infancia que llama para saber si he llegado bien. Respondo lacónica y ella me dice que esa misma tarde mandará a su asistenta, estará conmigo los días que la necesite hasta que esté la casa habitable. Me ofrece que me quede en su casa mientras la mía, la de mi padre más bien, esté habitable. Rechazo cortésmente su ofrecimiento, prefiero hundirme en esa soledad, me lo pide la cabeza, me lo solicitan las entrañas.
Pasaron seis largos días hasta que por la casa comenzó a desfilar vida, aire fresco, aroma de recuerdos impregnados de ayer. Por las noches apenas podía dormir. Nunca había sido miedosa, sin embargo ahora sentía el miedo pegado a mis pestañas, sólo el influjo de la luna calmaba mis nervios hasta que caía rendida y, hasta ese momento, me dedicaba hacer recuentos mentales, parecía como si esa luna nocturna me indicara que lo hiciera; todo lo iba anotando en un cuadernillo que encontré en el despacho de mi padre. Anoté desde el instante en que decidí no tirar el esqueleto de la planta favorita de mi madre. ¿Por qué esa decisión absurda de guardar una naturaleza muerta? No lo sé, sí sé que empecé a regarla cada dos días, poquitas gotas, tal como mi madre lo hizo durante años.
El edificio de cinco pisos con dos casas por planta estaba todo habitado, había tenido la oportunidad de coincidir con los vecinos que iba catalogando nada más entrar en casa. Todo era gente nueva exceptuando la del segundo izquierda, la viuda de Aguirre y Anglada, familia de rancio abolengo en la ciudad de mi niñez. Por ella parecía que no hubieran pasado los años, un pacto con el diablo la debió venir a socorrer, era la única explicación. Recuerdo que fue la primera viuda del edificio, luego al poco tiempo fueron muriendo a cuenta gotas el resto de los hombres del edificio, todos seguidos de intervalos de tres, cuatro meses, dejando solo viudas menos un viudo, mi padre. ¡Curioso!
Y desde ese momento de mis recuentos anotados con todo detalle en el cuadernillo, comenzaron a pasar cosas muy extrañas. El periódico El Norte De Castilla catalogó el edifico como la casa maldita; cada dos semanas, alguien se tiraba por la ventana. Lo terrorífico es que yo los veía caer. Siempre de noche, descolgándose por el cristal de mi ventana, una sombra se precipitaba. De nada servía que el edificio estuviera vigilado, custodiado por policías de traje o camuflados… Siempre en las noches de los martes y todos hombres. Nadie entendía nada y las pesquisas de la policía no daban fruto porque ciegos eran los datos hasta entonces. Por supuesto, al ser suicidios, los psiquiatras estaban en jaque sin explicaciones coherentes. Todos los suicidios correspondían a gente normal sin haber dado señales de desequilibrios mentales anteriormente, ni siquiera problemas acuciantes en sus vidas.
Yo callaba, estaba aterrorizada, nada dije a la policía de las sombras nocturnas; algo dentro de mí me amordazaba.
Ayer cuando entraba en el portal coincidí con la viuda de Aguirre y Anglada. Me miró de una forma rara, como si quisiera desnudar mis pensamientos, después me sonrió de una manera aún más extraña y acariciando mi rostro me dijo:
-Tranquila, Ana, esto se va a acabar. Quien sea, tengo el pálpito que se ha vengado ya de todos sus rencores-la miré sin comprender.
Esta noche vi la sombra caer, menos mal que estaba la luna haciéndome compañía.
Me he levantado temprano, he oído un jaleo por las escaleras y he abierto la puerta. Un policía subía en ese momento.
-Por favor, métase en casa. Ha habido otro suicidio-le he mirado perpleja pero he sido capaz de articular una pregunta.
-¿Quién ha sido?
-La anciana del segundo izquierda- y yo he musitado “La viuda de Aguirre”
Me he metido en casa temblando, me he tomado un café para entrar en calor y me he sentado en el salón con la mente en blanco. Mis ojos han ido a tropezar con el esqueleto de la planta de mi madre. No lo veía como otros días aunque por más que miraba no sabía el porqué. He decidido levantarme y he visto, por fin, la diferencia. Un escalofrío hiriente ha recorrido toda la columna vertebral.
Han pasado dos meses desde la muerte de la viuda de Aguirre y Anglada, no ha vuelto a haber más suicidios. He salido a la calle, es un invierno benigno. Me he acercado a ver a mi padre y hemos dado un paseo. Me hace sentir ternura, paz, cada vez que estoy a su lado; me sienta bien estar junto a mi progenitor.
A la vuelta he abierto el buzón, mucha correspondencia. Me he sentado en el salón con mi copa de tinto, he vuelto a reanudar la viejas costumbre de tomar una copa de vino al medio día. Me gusta su color, su aroma me ayuda a recordar. He abierto todos los sobres y el último me ha dejado sin aliento; venía a mi nombre. Dentro una carta, sin fecha, solo cinco líneas.
Ana, ya no temas nada. Te he vengado, me he vengado. Te paso el testigo. En este edificio los hombres nos han tratado mal. Infieles hasta la médula, menos tu padre, pero he hecho justicia, tranquila, ya todo ha pasado.
Siempre cuidaré de ti
Patricia Estévez, viuda de Aguirre y Anglada
He levantado la mirada que ha chocado con el esqueleto de la planta de mi madre; ya tiene cinco hojas y diminutos brotes.
Lo curioso, lo inquietante, es que la misiva de la Viuda de Aguirre y Anglada está escrita con mi letra.

He ido a mi dormitorio, he bajado la persiana decidida a nunca más ver el influjo de la luna.

1 comentario:

Kasioles dijo...

¡Impresionante! Me has tenido anclada en tus letras desde el comienzo hasta el final-
¿Será que su espíritu, me refiero al se la viuda de Anglade, quiere revivir en tu cuerpo?
Si soy yo, me echo a correr y todavía no he parado. No se te ocurra aceptar el testigo.
¡Vaya imaginación la tuya! Felicitaciones y cariños.
Kasioles