Vídeo promocional de Mujeres descosidas

domingo, 16 de abril de 2017

SALUSTIANO EL FLORES,finalista en el concurso de “Relats d’amor” en el X Premis Literaris Constantí

“Aquí conoció la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero” Versillos que moran a la entrada del palacio de Dueñas…
Cada uno se enamora de quien quiere si no, miren ustedes a doña Cayetana, genio y figura hasta la sepultura. Lo mío también fue un flechazo. Nada más verlo, sentí  que mi profesión sería eso: sepulturero.
Rondaba yo los trece años cuando mi padre, un pobre labriego, fue a pedir sustento a un rico de la noble villa de Simancas. Íbamos por un camino tortuoso, unas veces andando y otras en burro, así nos turnábamos padre y yo con el viejo Teófilo, el burro, cuando vimos a lo lejos, no sólo el hermoso perfil de Simancas con su archivo glorioso montado a lomo de un pequeño montículo, sino además, tres hermosos y sílfides cipreses. Según nos fuimos aproximando dichas bellezas estaban enclaustradas entre unos muros a punto de desnucarse contra la tierra polvorienta. El calor acechaba a pesar de ser finales de septiembre, con lo cual mi padre decidió descansar al abrigo de esos viejos muros antes de empinar la cuesta. El cansancio, el calor y los tragos de vino hicieron mella en mi austero padre quedándose un rato traspuesto. Entretanto, yo me distraje  observando aquellas ruinas. Pertenecían a un cementerio chiquito, abandonado;  un paisaje impregnado de espiritualidad. Yo por aquel entonces era un muchacho torpe pero con un caudal imaginativo a punto de estallar. Me imaginé aquel sacro lugar tal como estaba, pero con hondas pinceladas de romanticismo… Si hasta poseía una diminuta capilla, derruida también, claro. Miraba y miraba mi entorno y, cuánto más miraba, más pena sentía por los cuatro muertos que allí vivían olvidados por los suyos.
Despertó mi padre y me halló en éxtasis ganándome un pestorejo que subí la cuesta caliente. Llegamos al pueblo; a mí me gusta llamarlo villa, que vaya por delante. Es el pueblo más bonito de la provincia de Valladolid. Enseguida encontramos la casa que buscábamos.  ¡Eso era una casa!, y no la cochambre en la que vivíamos nosotros. El dueño fue muy amable, pero las esperanzas de mi padre se hundieron. Al salir, fue un golpe de gracia no hay duda, me volví hacia aquel hombre gallardo y de porte noble, y osé preguntarle:
-Señor, ¿no hay nadie que cuide las ruinas del cementerio?- lo siguiente que sentí fue otro pestorejo de mi padre, pero para sorpresa de ambos, el caballero contestó:
-¡Qué más quisiéramos, zagal!, pero no hay muertos por estas tierras, y nadie se quiere hacer cargo de ese viejo y romántico cementerio como diría Lord Byron.
-Yo quiero… Si me permite aunque no conozca al señor Byron- oí mi voz en un susurro. Era angustiosa pero determinante.
-Todo tuyo, muchacho. Si tu padre lo permite, puedes quedarte. Tendrás lecho y comida caliente. Te pondré un mes aprueba, ¿conforme?
Han pasado desde entonces cuarenta años.  Me conocen como Salustiano el Flores o, a secas, el Flores. Mi cementerio es la envidia de cualquier pueblo de alrededor. Sigue siendo pequeño, aunque ahora parece que no les da tanto reparo morirse al ver que van a ir sus restos a una morada tan bella. Los muros los he levantado con mis manos. La capilla sigue siendo diminuta con un pequeño altar donde se halla la Virgen del Arrabal, patrona de Simancas, con flores frescas y cuatro reclinatorios; no cabe más. En la pared del altar había un pequeño ventanuco que yo decoré con cristales de colores y, cuando el sol pasa besando esa pared, la luz de la capilla se torna un arco iris.
He hecho hileras de tumbas y a sus pies he puesto unas jardineras que tienen flor todo el año, pues planté detrás de las tapias del cementerio un jardín; es como mi laboratorio. Cuando crecen las voy trasplantando a las jardineras según la estación.
Mi cementerio no es un lugar triste. Tú observas la quietud del lugar, y es como si  invitara a la mente a concentrarse en lo esencial. Vamos, en mi  camposanto se abren  los poros del espíritu.
Ningún entierro es grato, no nos vayamos  a engañar, pero como yo digo “Hay muertos de cuatro clases: los ancianos que ya han vivido todo y, por lo tanto, su obligación es descansar eternamente. Los jóvenes que son muy dolorosos porque tenían una vida por delante sin vivir. Los que se mueren porque sí, sin una edad concreta, con lo que el duelo duele, pero ya se sabe lo que dicen por ahí, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y, por último, los niños, estos me superan”… Me entra una pena gorda que tardo meses en quitármela de encima. Son muertes que no son justas pues apenas habían nacido. ¿Cómo Dios puede permitir que nos dé ángeles y luego nos los quita?
Y hablando de ángeles, una de mis tumbas favoritas es la de un pequeño infante que murió a los pocos meses; fue un drama, vino el pueblo entero. A las pocas semanas, era una mañana de ese frío castellano que se te mete en los huesos y ya puedes tomarte el orujo de la región entera, que lo único caliente que se te queda es el aliento… Bueno, pues como contaba, se acercó una mujer, yo no la vi hasta que sentí unos ruidos y me acerqué a ver qué estaba pasando…  Me volví a enamorar, esta vez de una mujer. Colocaba afanosamente un angelito a cada lado de la tumba del niño que les contaba anteriormente. Me quedé mudo, no reaccionaba… A ver cómo me explico para que se me entienda: rubia, con todas las curvas en su sitio, ni más ni menos, las justas, pero bien contorneadas y ¡Madre mía qué piernas!... Debió de pensar que, además de gilipollas, era un descarado porque me echó una mirada que me fulminó cual rayo con centella, todo junto.
Así me acostumbré a esperar con ansias el día de la semana que aparecía la Charito; la tengo totalmente consentida porque en mi cementerio nadie pone flores nada más que yo y, sin embargo,  ella hace lo que le viene en gana y yo no digo ni esta boca es mía. Pero si es que si la conocieran ustedes, pensarían lo mismo que yo ¡Es una mujer de bandera!
Nunca he tenido esperanzas con ella, no me voy a engañar. Es más, me echa unas miradas que parece que me están diciendo con mayúsculas ¡DEGENERADO! Y yo respondo con una sonrisa bobalicona, ya se sabe cómo de tonto se vuelve uno cuando se enamora.
Pero este amor es platónico y morirá virgen… ¿Por qué mi afirmación tan tajante? Muy sencillo: porque la Charito está muy enamorada de su marido. Bueno, ahora de otra manera… Es que se me ha quedado viuda y ha enterrado a su marido en mi cementerio. Le ha puesto un caballo a cada lado de la sepultura. Total que también hace y deshace a su antojo y ya tengo dos tumbas que son distintas al resto aunque muy hermosas, esto que vaya por delante, aunque me temo que algún familiar se me va a revelar y querrá hacer lo mismo que mi viuda bandera, pero de eso nada, antes tendrían que pasar sobre mi cadáver; la Charito es la Charito y los demás, son otra cosa.
Cuando me muera yo también quiero que me entierren aquí. Lo he convertido en un lugar de paz, y el emporio que he levantado alrededor de mis muertos lo heredará Casimiro… No les he hablado de Casimiro, perdonen. Es mi hijo bastardo. No lleva mis apellidos y nacido fuera del matrimonio porque ya le dije a la Lupe que en mi corazón sólo cabía la Charito. Pero ya saben que la sangre del hombre es caliente y ha de dejarla correr. La mía la descargo en el club de alterne “Lupanar&Lujuria” que es precisamente donde conocí a la Lupe. Casimiro ha crecido al abrigo de esos muros de lujuria con lo que sus necesidades de varón están cubiertas y el zagal mientras su madre trabajaba se queda a mi lado con lo que la profesión de sepulturero la borda y le gusta.
Así que ésta es mi vida. Soy feliz y no me falta compañía ni conversación. Mis muertos me susurran y yo hablo con ellos. Incluso cuando me afano en una tumba, siento que el resto se pone a mi lado para que mi trabajo sea aún mejor que el anterior.
Si alguien piensa que los muertos no tienen costuras morales, están equivocados; lo tienen todo bien atado. Me di cuenta de ello un día en que la Charito vino más revuelta que de costumbre, y se puso a llamar al marido sinvergüenza… Luego le dijo que le perdonaba y le quería, así que hicieron las paces ¡Qué bonita es la fidelidad! Entonces ustedes comprenderán que yo sea fiel hasta la eternidad a mi bella Charito, la flor más bella del cementerio.

El amor viene por muchos caminos y cuando te lo coses al corazón sintiéndole maullar en noches frías, ¡Qué calorcito te da el verdadero amor!

No hay comentarios: