miércoles, 22 de septiembre de 2010

RATEROS

Ramiro es un tipo singular que no se amedranta ante nada ni nadie. Vamos, lo que se dice por una persona echada palante.
Él, su posición en la vida, la tiene muy clara: “la suerte se me negó. Entonces, ¿qué voy a ser, un desgraciado toda mi puta vida? Tengo los medios que tengo y, con eso, he de tirar de frente. Derecho o torcido, pero de frente. Tos los caminos llevan a Roma. Pues yo pa ya que voy”
De profesión, ninguna fiable aunque sí una muy conocida: Ladrón. Pero de poca monta, eh; lo justito para malvivir. Con lo cual, Ramiro no se tiene por ladronzuelo aunque los calabozos conozcan hasta su garraspera.
Las piernas las tiene cortas, pero corre mejor que un galgo; parece que la pasma no tiene otra cosa mejor que hacer que ir tras él. Y Ramiro se pregunta “¿Pero no hay gente importante que manga lo que le viene en gana para entretenerse la guripa mejor que yo?”
Ahora bien, corazón como el suyo, pocos. Si encuentra alguien peor que él, que ya es mucho suponer, comparte con él lo que tiene.
Sin embargo, un buen año su vida cambio. Os lo voy a contar porque aunque extraño, hay veces que las cosas pasan y es mejor no preguntar el porqué…

Un día Ramiro pasaba mismamente por la puerta del cementerio cuando vio la capilla abierta. Asomó el olfato y encontró a un difunto de cuerpo presente allí solito. De pronto, oyó un ruido y se escondió del susto debajo del altar; creía que era el muerto que venía a llevarse su alma impura. Pero no, era el vigilante que se acercó a cerrar la puerta de la capilla; era tarde, la hora de cerrar el cementerio. Y Ramiro allí se quedó trincado con el muerto.
Ramiro, miedo sólo tiene a los vivos y respeto a los muertos; sí, señor. No más. Y precisamente por ese respeto que tiene a los difuntos, pensar que iba a pasar la noche con un amortajado, como que la carne se ponía peluda. Trató de abrir una ventana; lo logró, pero héteme aquí que la puñetera ventana tenía verjas y, aunque escuálido, su cuerpo no cabía por los barrotes. La puerta, cerrada a cal y canto y, la noche, echándose encima como un mal fario.
La caja mortuoria estaba encabezada por dos cirios. Buscó en el bolsillo derecho del pantalón, la única parte de su vestuario que no estaba rota, un mechero. ¡Ojo!, el mechero tiene historia: Ramiro lo canjeó por dos botes de fabada que había mangado en un supermercado. Prefirió quedarse sin comer, pero tener un encendedor con el escudo del Atlético de Madrid. Sí, Ramiro es un colchonero hasta la muerte. Si hasta robó un par de entradas a un tipo que se le cayeron al suelo al meter la mano en la americana; las compartió con su amigo Crescencio; otro que las baila como Ramiro. Ya sabéis el dicho de “Dios les cría, y ellos se juntan” pues eso les pasaba a Ramiro y Crescencio.
¡Lástima!, sólo había podido ir esa vez a ver el partido de su equipo. Por más que había intentado colarse, nada, que nunca lo logró. Siempre había algún guripa que le decía “Ramiro, ¿te crees que no te he conocido?” Y es que Ramiro no se explica que los agentes de la benemérita, la policía de tráfico, agentes especiales del orden y todos los sucedáneos de esa especie, le conocieran mejor que al rey de los españoles.
Bueno, como os iba contando, Ramiro encendió el cirio y la estancia se iluminó de una manera tétrica, fantasmal o, al menos, eso le pareció a él. Miró de reojo la caja del difunto y, cuando se notó más confiado, acercó una de sus manos, la que tiene más callosidades por eso de sentir menos y, por tanto, si el muerto estaba allí con él en espíritu, no le daría tanto respeto(vamos a ser francos, Ramiro estaba cagado de miedo aunque no se lo quisiera reconocer)
Como vio que no pasaba nada, trató de levantar la tapa; un leve chasquido fue lo único que se oyó. Claro, lo justo para que Ramiro se cayera para atrás. A duras penas se levanto y, con cierta distancia muy respetuosa, se puso a hablar con el finado:

“¡Joder!, don Usted, no me asuste, coño. Me he quedado atrapado y ya que vamos a pasar unas horas juntos, al menos que nos llevemos bien… Hagamos un trato: Usted quieto ahí, y el resto de la capilla para mí. ¿Hecho?… ¿De qué se ha muerto, usted? ¿Y su familia por qué le ha dejado sólo?… Le contaré mi vida por eso de coger un poco de confianza: Yo me crié en un orfanato. Mi madre, una puta, seguro, por abandonarme y, mi padre, un cabrón por dejar tirada a mi puta madre. A los trece me escapé. Se acababa de morir Sor Suplicio, la única que me quiso un poco. Y yo estaba ya de tanto rezo y de papas con arroz hasta el culo. Así que me fui a buscar fortuna, pero hasta ahora no la he encontrado… Un muerto de hambre, pero ojo al dato, con mucho honor, orgullo, prejuicio y esas cosas que se dicen… Y usted, ¿qué?… Cuidado, no se encoñe, que me voy a acercar a verle la jeta… ¡Virgen de Perpetuo Patrocinio!, si está usted amarillento. Una miagita del color del pis de viejo… Una pena pues usted es de mi edad, vamos que aún podía dar muchas patadas por estos mundos de Dios… Y menudo traje lleva y las botas son superiores. ¿Lleva calzones o marianos? Se lo pregunto porque los míos están muy usados y usted ya no los va a necesitar… Bueno, ni las botas ni el traje ni ná de ná. ¿Hace el préstamo? No le juro que lo vaya a lavar, no tengo lavadora, pero lucirlo, oiga, cómo un galán. Hasta si me dice su nombre, diré que es suyo, un regalo póstumo… ¿ Y eso que se asoma entre la camisa qué coños es? No se mueva que voy a mirar… ¡Santa Críspula Piadosa!, es una carta. ¿Se la leo? Escuche atentamente don Usted que no me gusta repetir las lecturas dos veces, más que nada porque leo mal y me desgato. Comienzo, entonces:

Me llamo Severiano Matamoros. Tengo ochenta y un años y he decidido poner fin a mi vida y conmigo llevo mi inmensa fortuna- ¡Jesús!, aparentaba usted más joven, se nota que no ha dado ni chapa porque si no, estaría más arrugado que una pasa… ¿Y eso de la fortuna qué es? Si usted ya no la necesita… Egoísta, gusano inmundo... En fin, sigo leyendo a ver si al escuchar en voz alta lo que ha escrito, se arrepiente y se apiada de su familia. Continúo: Yo venía de una familia pobre y ya desde niño mi padre me hizo trabajar de sol a sol privándome de juegos y escuela- si ya lo digo yo muchas veces, don Severiano, que tener padre es una desgracia aunque no tener ni padre ni madre es una gran putada- así que en cuanto pude, me enrolé en un barco de polizón que me llevó hasta las Indias donde entré a trabajar al servicio de un inglés, Mister Blunt, de gran fortuna, bondad infinita y grandísimo corazón. Él hizo de mí un hombre de provecho enseñándome junto a sus hijos a leer y escribir. Con ellos aprendí, además, a hablar en inglés y me hicieron sentir como uno más de la familia. A la edad de veinticuatro años me casé con la hija menor de mi amo… Presentía que se abría ante mí un gran futuro. Construiría mi familia, tendría hijos con mi amada Dora. Pero estaba ciego y no vi venir el desastre. Dora me fue infiel y, cuando murió Mister Blunt, dejando su herencia a partes iguales entre sus hijos y yo, todos se echaron encima de mí como caníbales sedientos de sangre y carnaza. Salí huyendo con mis hijos y el poco dinero con el que contaba fugándome a América. En aquellas tierras comencé de cero cultivando algodón y café. Mis dos hijos iba creciendo sanos, muy cuidados por Jana, una mulata muy hermosa, bella de verdad que no sólo cuidaba de la casa y de mis hijos sino, también, por las noches calentaba mi cama. ¡Qué años más felices!…, pero los buenos años, como las buenas cosechas, se terminaron. Jana y uno de mis hijos murieron en una epidemia. Sólo me quedaba la pequeña Nora que se casó muy jovencita con un hombre avaro que la malmetió contra mí.
Harto y descorazonado, decidí vender todas mis tierras y volver a morir a España. Pero aquí me encontré tan solo como allá. Los días eran largos, las horas eternas. Hasta que un día, el martes dieciséis concretamente, decidí poner fin a mi historia llevando conmigo la fortuna que amasé… A no ser que alguien encontrara este escrito y fuera capaz de hacer mis últimas voluntades- Anda que no es usted rarito. Ahora pedirá que construya una plaza de toros, que le veo venir y, para eso, corren malos tiempos. Los antitaurinos están de moda don Severiano… Bueno, no me voy a anticipar. Sigamos leyendo: Éstas son la siguientes, advirtiendo de antemano que si una de ellas no se cumpliera, se quedaría sin cobrar ni un chavo el que encontrara mi carta. ¿Entendido?- Vamos que si lo he entendido, don Severiano. Está más claro que el agua- Bien, pues mis voluntades son:
Mi casa del pueblo será para construir un orfanato; el campo es mucho más sano para que crezca un crío que la ciudad. Allí no podrán salir los muchachos que no sean adoptados sin un mínimo de estudios de Formación Profesional para que puedan trabajar. Segundo, constituir un trofeo de futbol del Atléti de Madrid con el nombre de Severiano Matamoros-me parece de puta madre, don Severiano, de puta madre…- Tercero, construir una perrera, también con mi nombre, donde se recogerán todos los perrillos abandonados a no ser que sean dados en adopción- pero qué cacho perro es usted. Si ya lo digo yo siempre, que donde esté un perro que se quite un cabronazo- Cuarto, todos mis enseres personales serán entregados, incluidos muebles, a obras de caridad- ¡Joder!, ¿pero va usted a dejar algo pa los demás?- Quinto, mi casa de la ciudad será vendida y con el dinero que se saque, tres cuartas partes será enviado a los niños de la India y, la parte que queda, para que se digan diariamente misas en salvación de mi alma. A esa misas ha de ir todos los días el que herede mi fortuna; si falta algún día, automáticamente quedará desposeído de la fortuna- La madre que le parió, don Severiano, si no sé ya ni cómo es una iglesia, no me joda…- Sexto, las ganancias que se saquen de los acres de mis tierras irán a parar a una colonia con mi nombre de inmigrantes que trabajen dichas tierras. Séptimo, si el que encuentre mi testamento es soltero, no podrá casarse ni arrejuntarse con ninguna mujer. Si es casado, que se divorcie, pero ni una mujer ha de tocar mis dineros. Y por último, todo el dinero que hay en mis cuentas bancarias será única y exclusivamente para quién haga hacer mi voluntad. Toda la documentación ha de recogerla en la calle Claudio Coello 21, 1º piso y preguntando por don Alejandro Martínez, abogado de la plaza de Madrid.
Severiano Matamoros, Madrid, a 16 de octubre de 1999

…Don Severiano, con su permiso, y antes de que amanezca, le voy a desnudar para ponerme sus ropas. Como comprenderá, vestido de zarrapastroso nadie me abrirá las puertas y, como a usted ya le da lo mismo, le pongo las mías… ¡Ños!, cómo pesa usted, espero no que en vida no fuera igual de plomo… Me llevo sus calzones… Calle, no diga nada oigo ruidos. Le cierro el sarcófago…

-¿Y usted, quién es? ¿Se ha pasado toda la noche encerrado aquí?
-Le pedí encarecidamente a su compañero que me dejara pasar las últimas horas junto al cadáver de mi hermano.
-Si me habían dicho que el difunto no tenía familia…
-…Yo es que soy, sabe usted, un hermano no reconocido. Ya se sabe, de la rama de la familia sin pedigrí.
-¿Quiere algo especial para su hermano?
-Háganle de todo. Él corre con todos los gastos.
-¿El muerto va a correr con todos los gastos?
-No, hombre, no. Me he expresado mal. Usted haga que luego le pago…


Cinco años después…

Severiano, qué buenos están estos puros, ¡caguendiez!… Tranquilo, no te desazones, yo los fumo por ti. Aunque eso de tener que ir a misa todos los días no lo supero pero, ¡ojo al dato!, don Severiano, dejo propina todos los días a los curas para que luego diga… Oye, y fenómeno eso de que no me dejaras que me casara. Anda que no me salieron quereres, pero con las putas tengo suficiente. Me tratan a cuerpo rey, Severiano… Por cierto, aún estoy esperando que me des las gracias por lo que hice por ti. Ya noto que eres un orgulloso del copón. Aún recuerdo que casi me pillan cuando estaba robando tu cadáver. Llegué por los pelos, unas horas más, y sellan tu tumba y ahí te hubieras quedado con todos los gusanos… Y es que me diste pena…, mucha. Ya que me habías encargado tantas cosas y, para colmo, quedarme con tu fortuna, qué menos que lo disfrutaras tú conmigo. Así que aquella misma noche de tu entierro, me prestó Feliciano, el frutero, el carromato y fui a por ti. Tuve que saltar la valla, tirarte por ella… ¿Recuerdas que se te abrió la cabeza?… Menos mal que conocía a un disecador de pájaros que fue quien te momificó para la posteridad. Y, ya ves, aquí estamos los dos juntitos en la Costa Azul dándonos la gran vida. ¿A que si no llega a ser por mí no conoces esto? Siempre lo he dicho, Severiano, rodearse de buenos amigos es garantía de triunfo.
 

6 comentarios:

Nómada planetario dijo...

Si es que hay tipos con suerte hasta en el cementerio.
Muy ingeniosa la historia, me ha gustado.
Besos tras otra tarde de brega con las malas hierbas que inundan los linderos.

JAVIER AKERMAN dijo...

Buena moraleja en este creativo relato.
Besotes Mª Ángeles y feliz fin de semana.

Ricardo Miñana dijo...

Excelente relato Maria Angeles,
un placer pasar a leerte.

Que tengas un feliz fin de semana.
un abrazo.

calamanda dijo...

Magnífico relato...eres estupenda.

Me alegra estar otra vez aquí...estoy un poco perdida pero
por motivos que yo no puedo controlar y me está costando mucho
hasta publicar yo.

Un abrazo fuerte.

El Señor de Monte Grande dijo...

Me4 deleite con tus relatos, estaba bastante atrasado en sus lecturas y es un verdadero placer volver a este mundo.

Un abrazo desde MG

Juan Escribano Valero dijo...

Hola María Jesus: Estupendo relato. Al fin don Severiano encontró un amigo que incluso lo llevó a la Costa Azul es que hay tipos que tienen suerte incluso despues de muertos.
Un abrazo