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jueves, 20 de octubre de 2011

BLANCO

Todos tenemos un ángel a nuestro lado. Lo que pasa que no siempre lo sabemos ver. Tal vez nuestras entendederas no quieran saber, o nuestros ojos estén ciegos; quien sabe…

Su imagen me viene a la memoria una y otra vez entrando en La Lola, mi casa, aquella tarde de verano. Transmitía seguridad, elegancia innata a cada paso que daba. Me parecía distinta, sí, era la misma mujer que creció junto a mí aprendiendo, compartiendo tantas cosas y, sin embargo, ese día emanaba belleza, equilibrio, feminidad. Sus sandalias eran dos torres doradas: era un chiste verla caminar para no caer de plano en césped. El vestido blanco con lunes blancos flotaba al compás de sus piernas y sus ojos chispeaban picardía mientras las pestañas, perfectamente maquilladas, abanicaban la noche.
Iba agarrada del brazo de su marido. Él sonreía por doquier; su esmoquin era el fiel reflejo de lo que sentía en aquellos instantes.
Imágenes que no quisiera olvidar nunca, ni tan siquiera cuando el ánimo se desvanece en un mar de miedos y dudas…

Hay horas en que el cielo se me nubla y creo perder la razón y vuelvo a tener miedo, mucho. El psiquiatra me dice que no todos los enfermos mentales tienen la suerte que tengo yo porque soy capaz de dar forma a las sensaciones con palabras justas. Poner nombre a lo que bulle en mi cabeza. Pero, aún con eso, me cuesta contar una historia común, corriente, sin grandes sobresaltos, ni siquiera brillos. Ella es una gran mujer, fuerte, de mirada franca, de escasas palabras y de corazón muy grande.
Gracias a Dios, como ella, hay muchas mujeres de proezas diarias y nulas quejas. Aunque lo simple es lo más difícil y ella es una mujer simple, humilde.
 Adora esquiar, no hay cosa en la vida que le guste más, por eso ahora me gustaría saber esquiar, clavar los bastones en la nieve y deslizarme con la máxima fuerza por la montaña rusa en la que habita en este momento.
Quisiera remar a su lado para que no se sintiera sola en la batalla, y compartir el valor que a veces has de tener en la vida para sortear los infortunios.
Quisiera que nevara y los copos blancos se extendieran a su alrededor. Sin duda su rostro se iluminaría como aquella noche de verano en La Lola, y su espíritu, así, llamase a la paz.
Me gustaría sentarla en la cima de una montaña para que viera todas las laderas blancas; su amor a la nieve es vital. Justo lo que ella necesita ahora: blanco en su vida.

A veces tengo el temor de perder el norte en mi vida, el juicio sano para tener los pies en la tierra, y utilizar sólo las alas para que los sueños emerjan en la realidad; el sur está lleno de amor y amistad. Lo esencial en la vida humana.
Sí, las historias simples son las más difíciles de contar: una mujer enferma de cáncer y, otra, una enferma mental.
Miles, millones de historias como la nuestra fluyen por cualquier rincón del mundo, pero no siempre se conocen, no tienen rostro.
Unos contarán la hambruna, otros, historias sin apellidos y, yo, las de dos mujeres que luchan por llevar vida hasta el final del camino.

1 comentario:

Rafa dijo...

Sí, es verdad. Tenemos un angel que nos guarda y nos dirige en momentos especiales. Nuestra torpeza, a veces, hace que su trabajo sea a menudo infructuoso.