Vídeo promocional de Mujeres descosidas

sábado, 5 de julio de 2014

HUEVOS FRITOS CON TRANQUILIDAD

Un hombre, una mujer, se hacen a sí mismos, tal vez se inventen un personaje, lo hagan suyo y al final vivan en la piel de una mentira, ¿por qué no? Nadie más que ellos lo sabrán, hoy nadie tiene tiempo para descubrir al otro. Lo malo es si un día tienes el tiempo, la templanza, la tranquilidad, la sinceridad para preguntarte a ti mismo quién eres, ¿el triunfador, el farsante, un pobre hombre? Porque ahora se piensa mucho, quizá demasiado, pero no se piensa hacia dentro sino para expandir redes y más redes para atrapar, cazar salvajemente, como hacían nuestros antepasados. Pescar ideas, tormentas, miles de tormentas de ideas para después conformar una sola, lógica, potente, firme. Y cuando llega el final del día y descorchas una cerveza, miras como se derrama la espuma sin saber siquiera qué es lo que está saliendo por la boca de la botella; has llegado al final de tus horas con la cabeza tan hueca, tan llena y vacía a la vez que eres incapaz de dar un paso más. De nada ha servido rodearte de apetencias, de deseos si no los ves, si no los sientes… Te has convertido en un muerto viviente.
Todo esto se va diciendo Pablo según va conduciendo camino de alguna parte después de que su sesera reventara y su corazón dijera basta ya. Era uno de los pocos afortunados en su país de tener trabajo y disfrutar de él porque Pablo vivía para el trabajo, lo único que de verdad sabía hacer bien. Claro, por el camino dejó muchos cadáveres, el más importante: el mismo.
Tuvo gran fortuna de ser hijo de un padre al que se le abrían puertas con facilidad. Él, un brillante estudiante que a los veintidós años había acabado su doble licenciatura y al mes de tener sus títulos en el bolsillo, dominando el inglés y el alemán casi como su lengua materna, ya estuvo trabajando. Nunca fue un trepa que pisa según escala; no le hizo falta, insisto, era brillante como brillantes sus relaciones humanas. Siempre tuvo pandilla de verano en  Ciudadela, cuna de su madre, pandilla del colegio, amigo de sus amigos, buen hijo, buen hermano. Insisto, brillante. ¿Qué pasó, entonces? Pablo sólo sabe que no sabe nada. Treinta y siete años y cayó fulminado.
Lo que a él le pasaba, había pasado a muchos en la década de los ochenta cuando aparecieron los hermosos y ampulosos yuppies, pero estamos hablando del dos mil catorce en una España con seis millones de parados; Pablo un parado forzoso, no por falta de trabajo sino por el puto y maldito trabajo. ¿Y ahora qué, Pablo? Se volvía a preguntar mientras la noche comenzaba a llegar. Miró el GPS y le marcaba que en noventa kilómetros llegaría a su destino.
Se lo había recomendado, su psicóloga que a su vez se lo había recomendado una de sus hermanas la primera vez que fue; no discutió, le pareció bien porque se fiaba de ella… El rostro de Ana, apareció en el parabrisas… Sí, era su forma de mirar, su gesto concentrado, su media sonrisa, lo que le daba a Pablo confianza y a dejarse llevar por una voz que le salía de dentro clamando ayuda, ayuda a gritos. Estaba arto de tomar pastillas, le hacían perder el control de sí mismo. Él quería sentir cuando respiraba, cuando las náuseas guillotinaban su garganta, cuando, de repente, sin saber el porqué, se le llenaban los ojos de lágrimas y lloraba hasta caer extenuado… Y las pastillas le anulaban, le privaban de ese dejarse arrastrar por los sentimientos inteligibles.
El coche comenzó a trepar por la montaña, una montaña pelada, como si al final fuera a estar tan pelada como al principio, pero no, al terminar la enésima curva comenzaron las primeras luces para dar paso a calles estrechas y empedradas, ensortijadas y de luz tan pobre que era noche oscura, negra como su alma… Su pensamiento fue interrumpido por la voz del GPS que le indicaba que había llegado a su destino. Frenó casi de golpe y sin darse cuenta un hombre le abrió la puerta poniéndose la mano derecha en el corazón. Pablo casi ni le miró entrando rápido en el hotel; tenía sueño, mucho, ni hambre así que según le dejaron la maleta y él dio un billete de cinco euros al muchacho que le había subido el equipaje, se dio una ducha  y desnudo se metió en la cama. Por primera vez en meses agradeció el roce de unas sábanas frescas y su cabeza encima de una mullida almohada; se durmió al instante.
El cacareo de un gallo, hizo que Pablo se revolviera con gusto en la cama y ya con un rayo indiscreto colándose por alguna rendija, hizo que entreabriera los ojos. Primero no supo dónde estaba, segundo, desistió de preguntárselo. Se levantó despacio, entumecido el cuerpo, estirándose con ganas, y se acercó hasta donde provenía la luz. Forcejeó unos instantes con la cerradura hasta que atinó y se abrió. Delante de él, una coqueta terraza con una enorme sombrilla una mesa y dos sillones; pero Pablo no los vio. Sus ojos estaban embrujados con el horizonte. El cielo era añil  con un mar infinito del color del cobalto que llegaba a tierra, a una playa tan infinita como aquel océano de agua salada. Unas risas le sacaron del hechizo. Miró a su izquierda y vio en la terraza de al lado dos chicas mirándole y riéndose a carcajadas… “De qué se reirán estas estúpidas”, pensó al mismo tiempo que se daba cuenta de que estaba desnudo. Se fue corriendo hacia el interior al mismo tiempo que iba tomando conciencia del hambre que tenía; cogió el teléfono y pidió que le subieran un café con algo.
Al salir de la ducha se encontró que en la terraza le habían dejado un suculento desayuno; tenía prohibido el café después de haberse tomado diariamente litros para estar despejado, para rendir más, pero sus nervios fueron tocados y no había vuelto a tomarlo desde hacía cuatro meses, pero el olor que salía de la cafetera fue más fuerte que su voluntad y se puso uno, sólo uno que lo saboreó lentamente, tomó conciencia cómo el líquido caía por su garganta dejándole un pequeño placer inexplicable. También troceó una pieza de bollería crujiente, dulce, de masa suave y tierna que le supo muy bueno. Después se vistió y salió a la calle sin rumbo, sin saber ni qué hora era; se sorprendió al darse cuenta que  llevaba más de veinticuatro horas sin mirar el reloj, cuando ese gesto era un tic más de su persona: estar constantemente mirando las manecillas del reloj, incluso hubo varios días que su vista estuvo clavada en la manecilla del minutero. En aquella ocasión le encontró su padre que gracias a su comentario le devolvió al mundo “Pablo, se te han quedado los ojos redondos, como una esfera” Le dio la risa al escuchar la expresión de su padre, pero ni siquiera fue consciente de que se estaba riendo. Y ahora, sin saber porqué, se había desprendido del tiempo mientras bajaba por aquellos rizos de calles y paraba a leer un cartel que le decía que por esas calles habían pasado musulmanes durante más de cinco siglos.
En su no saber a dónde iba, topo con un estanco y entró a comprar tabaco, también lo tenía prohibido pues en sus peores momentos se llegó a fumar cuatro cajetillas de tabaco; no lo probaba desde hacía seis meses, pero algo dentro de él pedía probar al menos uno. Mientras esperaba a que le atendiera una mujer cuyos movimientos parecían ralentizados por algún hechizo raro, se dio cuenta que en una de las paredes había un teléfono público, pensó que ese tipo de teléfonos ya habían desaparecido de la faz de la tierra con el uso de los móviles, pero allí estaba el teléfono de antaño, pulcro y dispuesto. Rebuscó en uno de sus bolsillos para encontrar unas monedas y trató de memorizar el teléfono de sus padres y marcó. Al instante escuchó la voz de su madre, acelerada como siempre pero cuando oyó la voz de Pablo se transformo en el jardín de la alegría. Lo primero que le preguntó cómo estaba pues le habían estado llamando a su móvil y no había contestado. Pablo fue consciente, una vez más desde que había emprendido su viaje, que se había olvidado de su otra arma arrojadiza y que tanto le había dañado: el móvil. Tranquilizó a su madre, la contó cómo se sentía y se escuchó así mismo decir “Mamá, estoy bien, muy bien y no sé porqué”, aunque su madre le pilló en un renuncio cuando le preguntó “Hijo, Te gusta Vejer?” La mente de Pablo se quedó en blanco “¡Dios!, Pablo, no sabes ni dónde, coños, estás”… Salió un tanto desanimado del estanco dejándose arrastrar calle abajo hasta que fue recobrando el ánimo poco a poco “Pablo, despacio, no pasa nada, sigue adelante”, le decía esa vocecilla tímida y basculante que surgía de sus entrañas mientras sus ojos se iban inundando de la cal de las fachadas de las casas.  “Están inmaculadas, parecen vírgenes expuestas”, pensó mientras comenzaba de nuevo a hallar el placer contemplativo.
Es cierto que tuvo otro lapsus mental cuando se dio cuenta de que no había controlado sus pasos, ni que había sido consciente de que había tomado un camino hasta llegar a un gran arenal. Su consciencia se evaporaba tan frecuentemente que ni los ejercicios de relajación le habían servido para mucho. Sin embargo al aterrizar de nuevo y contemplar aquella arena limpia, fina y rubia, presintió que dentro de él se abría una nueva compuerta. Gateó hasta llegar a la cima y poder contemplar la belleza majestuosa del lugar. Apenas había gente, dos hombres charlando en la orilla mientras sus cañas de pescar las cimbreaban suavemente el viento, una mujer mayor con chiquillos revoloteando a su alrededor y nadie más.
Se acercó a la orilla, se quitó las alpargatas y cuando las olas cosquillearon sus dedos, supo que había llegado a alguna parte. Comprendió en ese instante porqué el horizonte era tan recto que su espíritu de hombre perdido se fundiese en él en un abrazo invisible. El aire atusaba su rostro que sintió como un terciopelo arrullaba sus despistes, como las briznas doradas de una melena de mujer extasiaba sus sentidos. Era menuda, casi frágil, casi etérea por los rayos solares, por aquel azul tan intenso del cielo. La vio pasar como si fuera un ángel salido del mar. Respiró hondo, mucho, hasta presentir el aroma marino, el salitre en sus pulmones y una voz anciana que le decía “Oiga, joven, sálgase de ahí que se está calando” Pablo volvió la cabeza y encontró una sonrisa desdentada que le pareció maravillosa. Se acercó al hombrecillo anciano y le dijo sin cortapisas que él nunca había pescado a pesar de haber pasado todos los veranos de su infancia en un puerto de mar. El acompañante del anciano, tan anciano como su compañero se levanto para ofrecerle una silla descascarilladla, Pablo se dejo sentar como se dejó guiar por aquella clase improvisada y, al caer la tarde, cuando el sol se ocultaba en aquel horizonte tan recto y previsible, Pablo sintió que una luz comenzaba a encender dentro de sus ser.
Recogieron las cañas de pescar, todos los adminículos y regresaron despacio, muy despacio fundidos y una grata charla en la que pablo apenas colaboraba pero que escuchaba con sumo placer. Al despedirse de ellos quedaron para el día siguiente y allí estuvo puntual Pablo, como un clavo de puntual. Pasaron días y días en los que Pabló dormía profundamente, fumaba de vez en cuando dando largas bocanadas de humo, tomaba café, muy poco pero lo disfrutaba. Comía salmorejo, manteca colorá. Se zambullía en un océano de olas locas y frías, aprendió a pescar y a disfrutar de la cúpula de estrellas que nacían encima de él cada noche.
Había días que llegaba antes a la playa que sus dos nuevos y únicos amigos y se relamía al contemplar que su consciencia era capaz de sentir, predecir como la noche, o la aurora, cómo el tránsito de la mar había dejado huellas inconfundibles: algas glotonas jugueteando entre sus dedos, conchas que habían perdido sus secretos y plumas, muchas plumas… “Mis gaviotas”, se decía Pablo “Sin duda han coleteado los vaivenes de las olas desplumándose en la cresta de la espuma. Después ha bajado la marea y ha dejado los restos del naufragio de miles de gaviotas” Y mientras esperaba Pablo comenzaba a sentirse como aquellas gaviotas que comienzan a aprender a volar. Sus ojos se perdían en su vuelo, en sus alas extendidas y alzadas al infinito…
Tanto intimó con la pareja de ancianos que una tarde se descubrió así mismo contándoles con voz entrecortada, emocionada, a veces profundamente triste, todo lo que le había pasado, esa enfermedad tonta llamada estrés depresivo agudo que había entrado lentamente como el veneno de una serpiente para arrebatarle la vida hasta que le dejó sin nada, solo. Cuando terminó el relato, estaba anocheciendo pero antes de levantarse de sus tres sillas desvencijadas uno de los ancianos le dijo “En la vida pasan muchas cosas por casualidad, buenas y malas. Ésta, la que estás viviendo ahora, en este instante es buena. Eres consciente de que respiras, que ves como el sol se marcha, menudo, silencioso, grandioso dejando una estela anaranjada que ilumina tus pasos… Además, sabes que estás desnudo, sin nada, pero que tus manos, tu corazón y tu cabeza comienzan a ser capaces de construir sin prisas, sin desánimo, con voluntad un hombre. El hombre que tú quieras ser, querido amigo Pablo, y métete en la mollera que si caes, no pasa nada, porque cada día que amanece habrá siempre, que tú quieras, una nueva oportunidad para ti… Vamos a celebrarlo, os invitaré a un chato en la cantina de mi nieta…” Y así emprendieron el camino de vuelta a casa, Pablo con su brazo izquierdo reposando sobre los hombros de uno de sus amigos mientras el sol se relamía a sus espaldas.
Entraron en la taberna o cantina, cada uno la llamaba de una forma, riéndose de un chiste muy malo que Pablo aprendió en la universidad. Se sentaron en una mesa coja, tan coja y encantadora como aquel local donde todo parecía de antaño, viejo obsoleto, pero con mucho encanto, limpio y bien cuidado. Una mano tostada de dedos largos posó ante ellos tres vasos de vino y ellos siguieron con su amena charla hasta que uno de ellos dijo “Clara, hija, tráenos unos huevos fritos con tranquilidad” Pablo soltó una carcajada al escuchar las palabras de su amigo y comió, comió aquellos huevos hechos de puntillas blancas y doradas mientras sus ojos se perdían en las profundidades del pelo de Clara, aquellas briznas pajizas que le cautivaron en los primeros días en la playa.
También la sonrisa de Claro espoleó a Pablo, el muchacho de treinta y siete años que una vez se perdió y que se encontró en el sur, un sur vestido de añil, de arenales limpios y dorados.


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