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martes, 21 de octubre de 2014

CELINA

Hoy es tu santo, 21 de octubre. Sí, claro que lo recuerdas, menudas fiestas te hacía Remigio, tu esposo. ¡Cuánto le añoras!, sin embargo eres mujer de fe, y sabes que él te está esperando. Cada mañana le pides que te lleve con él, pero la naturaleza es obstinada,  y no te quiere aún por esos cielos que tanto miras cuando sales a pasear.
¿Sabes lo que más me gusta de ti, Celina? Tu esencia de mujer crecida en campos de arado, en tu Castilla más profunda. Ni que tu nuera, ¡Maldita arpía!, te trajera a la ciudad,  hizo que perdieras el aroma de trigales y encinas creciendo al lado de tu casa. Vistes como las mujeres de antes, mujeres que sólo conocieron su pueblo antes de arrancar sus raíces y plantarlas en hormigón y asfalto. De negro, verano e invierno. Un luto se casaba con el siguiente y así toda tu vida. La única licencia que te permites es quitarte las medias tupidas de azabache en verano. Medias que siguen contigo desde hace lustros; las coses y recoses como antaño,  y hogaño las sigues zurciendo tú misma porque la vista, a pesar de tus gafas, la mantienes esplendida.
Tu pelo es un monte de espeso paisaje nevado que lavas cada tres días y cae un mechón juguetón sobre tu ojo izquierdo. Tu rostro es una planicie, lindando el campo segoviano. Surcos arañados a tantas tempestades que no por eso dejaron tu boca enmarcada en una sonrisa escondida tras tu timidez. Igual que tus ojos,  abarcando extensos espacios azules que miran con gratitud y prudencia, tan limpios de nubes como tu carácter, un recio prisma de virtudes cristianas sin saltarte ninguna de ellas. Ni siquiera con tu nuera, ¡Menuda bruja!, que motivos te dio y que, no por eso,  dijiste una palabra fuera de otra, si tu hijo era feliz con ella, pues tú feliz. Claro que añorar,  añoras tu casa, tan limpia y luminosa, repleta sus ventanas de florecillas y Capullo, tu perro… Vinieron tiempos de bonanza, y la nuera vio buenos cuartos por las tierras del pueblo,  y con engaños y pantomimas,  Celina y Capullo acabaron en casa del hijo, en la ciudad. Pero ¡Ojo!, lo justo para quedar bien porque a los tres meses, ni un día más, ni un día menos, a Celina la llevaron a una residencia y a Capullo a la perrera. Sí, a la perrera. Menos mal que Celina, con una cabeza que conserva prodigiosa se enteró, cogió un bus, sacó a Capullo, un pastor alemán de cinco años, y se presentó en la residencia de ancianos.  Qué diría, qué haría Celina, que Capullo se quedó a vivir en la residencia junto al guarda de seguridad. Por el día dormita o pasea con Celina. Por la noche trabaja husmeando cada rincón, poniendo en aviso a Tomás, el guarda, ante cualquier ruido sospechoso. Celina descorre los visillos y le mira con orgullo, amor y agradecimiento. Dentro de lo malo los dos están bien. Es más,  de vez en cuando aparece el hijo y la nuera de visita,  e invitándola de medio lado a ir a comer a su casa. Va, no porque quiera estar con ellos,  sino por ver a sus dos nietos ya que a la residencia no les llevan porque se pueden deprimir,  y la única manera de verles crecer es tragarse su orgullo, poner cara de tonta como si no se enterara de nada,  y ver a esas dos criaturas que crecen preciosas y sanas. Son buenos chicos. Lara tiene doce años  y el pelo como la paja. Los ojos son verdosos. Lo malo es que algo se parece a la madre, pero cuando se queda a solas con Lara la dice “Aprende de tu padre, hija, obsérvale,  es como un libro hablándote de bondad” Arturito, ay Arturito, calcadito a su padre, en todo. El otro día pidió a su hijo una foto de los chicos  y la llevó tres; la que está la nuera, la ha guardado en el cajón y las de los nietos las ha puesto en dos marquitos de plata. Bueno, plata no será porque los compró en una tienda de chinos,  pero son muy bonitos. Los ha puesto en la mesita que está al lado del sillón orejero. Un tapete hermosísimo de ganchillo, herencia de su madre, cubre la pobre y desvencijada mesita que ahora luce como la que más. Allí te aposentas cuando gustas recordar cómo la  niebla cubría tu terruño y las encinas asomaban su perfil tras ella.

 Hoy es tu santo, Celina, veintiuno de octubre. Las auxiliares te han contado que hoy habrá pasteles en tu honor. Tímidamente has dado las gracias mientras tu piel se ha ruborizado; has cogido tu monedero que lo aprietas con ganas y has salido a la calle con Capullo. Hace una mañana hermosa, de sol agradecido, y un airecillo suave te ha besado las mejillas mientras pensabas qué bueno es Dios contigo.

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