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lunes, 1 de junio de 2015

EL PEQUEÑO LUCAS.

Lucas observaba atentamente los movimientos de Miranda. Era la hora. Lo que más le gustaba de ese momento, para él tan triste, era la última mirada de Miranda; sus ojos siempre recaían en Lucas, y eso le gustaba porque sentía que era un beso de buenas noches.  Después, las luces se apagaban a la vez, Miranda cerraba la puerta y por último bajaba la verja. No era una verja de esas tupidas con lo cual permitía a Lucas acercar su naricilla al cristal y ver la calle, la gente caminando deprisa como con ganas de llegar a su casa. Lucas se había especializado en mirar esos rostros cansados, algunos con el ceño fruncido, otros con una sonrisa ya dormida, y otros de mirada perdida como si fueran como su amigo Piñata que caminaba igual que un robot. Y es que esa gente de mirada perdida caminaba como si tuviera pilas y se supieran el camino porque  sus ojos estaban en otro mundo que no era este.

Ya cuando los coches dejaban de pasar, el camión de la basura había recogido todos los desperdicios humanos, y el silencio se hacía dueño de la noche,  Lucas se tumbaba, cerraba los ojos y pensaba en sus amigos; todos fueron desfilando, uno a uno encontraron un amo y se fueron…, menos él. Todo el mundo que entraba en la tienda de Miranda siempre decían lo mismo de Lucas ¡Qué mono, qué gracioso!, pero al final nadie quería comprarle. Al principio se resignaba porque un amigo se iba pero venía otro en sustitución. Pero un día dejaron de reponerle amigos hasta que su fue Piñata y se quedó solo. Y eso que a Piñata había días que le veía. Vivía cerca y siempre, siempre, cuando Piñata pasaba por el escaparate le dedicaba una amplia sonrisa a su amigo Lucas. Nadie hubiera podido ver la sonrisa de Piñata, pero Lucas sí que la veía porque dentro de su corazón sentía un enorme abrazo.

Lucas deseaba que llegara pronto la luz de día. No porque tuviera miedo a la noche. De sobra sabía que durante la oscuridad estaban los pequeños duendes para que a Lucas no le pasara nada y sus sueños fueran felices. Sin embargo el que llegara la luz del día significaba que Miranda volvería a la tienda, le aseara, le diera un besito en su naricilla, y escuchara su voz cantarina durante muchas horas.

Una mañana después de limpiarle, Miranda decidió poner a Lucas en un lado del escaparate, de tal manera que Lucas tenía mucha más visión de todo lo que pasaba en la calle. Lucas se puso muy contento, y de esa manera conoció a Isabel. Ésta era una mujer que pasaba a toda prisa todas las mañanas a primera hora. Luego, cuando el sol se había esfumado, la volvía a ver, pero esta vez Isabel ya caminaba despacio con su rostro cansado, su mirada a veces iluminada y, otras veces, con sus ojos perdidos. Pero lo que más gustaba a Lucas de Isabel es que todas las tardes, aunque sus ojos estuvieran apagados, se paraba en el escaparate y sonreía a Lucas, incluso un día Isabel puso la mano en el cristal del escaparate. Lucas, entonces, estiró uno de sus manitas hacia la mano de Isabel. Y sintió su calor, tanto,  que esa noche soñó que Isabel  entraba en la tienda y se lo llevaba a su casa.

Así pasaron un par de meses hasta que un día, a media mañana, se abrió la puerta de la tienda. Estaba lloviendo y Lucas estaba concentrado en mirar los colores de los paraguas: rojos, verdes, amarillos, azules…, y no sintió que se abría la puerta. Solo notó que alguien le cogía en brazos, entonces Lucas despertó de su ensueño. Era un hombre joven que le miraba divertido y que automáticamente hacía un gesto y después decía “Me lo llevo”
Lucas no se creía lo que estaba oyendo ¡Por fin alguien le quería!, y en un abrir y cerrar de ojos, Lucas se vio en una habitación rodeado de juguetes. Al principio, aunque estaba contento, no dejaba de estar un poquito asustado ante lo desconocido, pero por poco tiempo. A las pocas horas oyó unas voces muy chillonas que corrían, trotaban, hasta lloraban… Todas hasta que se abrió la puerta de la habitación, y dos ojos, del color del caramelo marrón se posaron en Lucas. Después, sintió como unas manos pequeñas y regordetas le apretaban la tripa.

“Me llamo Javier, pero llámame Chávi, soy tu nuevo amo” Y después de decir eso, Chávi estrelló a Lucas contra la pared rebotando en el suelo igual que una pelota. Chávi al ver que Lucas rebotaba en el suelo empezó a chillar “Nacho, Nacho, ven, mira qué pelota tengo” , y apareció Nacho. Éste recogió del suelo a Lucas, le acarició de tal manera que Lucas sintió que se le pasaban todos los dolores. Sin embargo, nada más de terminar de acariciarle y darle un beso en la naricilla, Nacho le tiró a lo alto y antes de volverse a estrellar en el suelo, un pie pequeño pero muy ágil mandó a Lucas hasta el final del pasillo, y allí se quedó en una esquina doliéndole hasta las pestañas; Chávi y Nacho desaparecieron.

 No sé cuánto tiempo estuvo allí Lucas abandonado hasta que una mano dulce y suave le recogió. Lucas abrió los ojos y la sorpresa fue mayúscula; era Isabel que le había cogido en brazos y preguntaba “¿Quién quiere dormir con Lucas?” Y Lucas fue a dormir con Nacho una y mil noches más. Eso sí, todas las noches antes de irse a dormir, Isabel llevaba a Lucas a la habitación de Chávi y con su voz tierna contaba a Chávi aventuras de Lucas hasta que Chávi se quedaba dormido. Después, Isabel le  llevaba a los brazos amorosos de Nacho que se abrazaban al cuerpecillo de Lucas hasta la mañana siguiente.
Y pasaron los años y Nacho y Chávi crecieron. Lucas seguía siendo el mismo, dispuesto siempre a que Nacho le diera un beso y chávi le tratara igual que un balón de futbol.

Ahora Lucas siempre está en la cama de Isabel con su amiga Lola, una perrita vestida de bailarina. Todas las noches, Nacho, Chávi e Isabel besan a Lucas antes de dormir. Lucas sabe que es un peluche, un muñeco que se siente muy querido. Es feliz porque ha cumplido su misión: ser un juguete, el juguete preferido de dos niños que hoy son hombres.


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