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viernes, 5 de junio de 2015

UN TOQUE DE CANELA, RETRATO ONÍRICO DE ESTEBAN

Hoy es veintiséis de abril, mi cumpleaños; para ser más exactos, mi doble cumpleaños. El primero fue cuando nací en el año cuarenta y siete y, el segundo, en el año sesenta y uno. En estas efemérides me gusta recordar porque la vida de cada uno es una biblia que de vez en cuando hay que releer ciertos capítulos: unos para no volver a tropezar en la misma piedra lo cual es una metáfora y, otros, porque son la esencia misma de un ser humano, con sus virtudes y sus defectos; recuerdos bonitos, sin duda.

Nací en la Ciudad de los Almirantes, es decir Medina de Rioseco. Mi abuela y mi madre era maestras intentando despertar ya desde niños el gozo del saber casar números y coser letras,  amén de conocer los océanos, continentes y quién fue por ejemplo Felipe II. Allí vivimos hasta que mi padre, un hombre de campo se quedó sin empleo. No crean, el paro es un mal endémico de muchas etapas del S.XX. Entonces decidió probar fortuna en la capital: Valladolid. Ciudad que le fascinó cuando en mil novecientos cincuenta fue a hacer bulto por orden del señor alcalde a la inauguración por parte de Franco de Nicas y Endesa.

Con gran disgusto de mis abuelos y no poco el de mi madre, recogimos las cuatro pertenencias que se reducían mayormente a libros, y nos fuimos. Por mediación de un conocido de mi abuelo, mi padre encontró trabajo en un lugar extraño hasta entonces para toda la familia. El establecimiento se llamaba Adulce y se dedicaban a la perfumería y productos químicos. La tienda estaba cerca de casa y fue un hito en la familia. El horario de mi padre cambió viniendo todos los días a comer y dejando las alpargatas por un guardapolvo gris que mi madre afanosamente lavaba cada día.

Mi madre no volvió a dar clases en una escuela aunque nunca abandonó la enseñanza. Don Faustino, el cura de la Vera Cruz, siempre estaba buscando chavales de dura mollera para que mi madre pudiera obrar el milagro con ellos. Recuerdo aquellos años como un mundo en que cada día descubría algo nuevo. Del campo llano y aromas a vaca y leña, mi olfato fue anotando otros olores muy distintos como los que descubría cada vez que me acercaba a Adulce, o paseaba los domingos con mis padres y mis ojos en vez de ver trigales se chocaban con los coches.
Vivíamos en la Plaza Cantarranas, de suelo empedrado y lo más parecido a la plaza de un pueblo… Fueron años buenos para todos aunque añoráramos Rioseco. En mil novecientos sesenta y uno y para celebrar mi cumpleaños y mi entrada a mi primer trabajo-padre logró colocarme de mancebo en la farmacia de la calle Regalado-, mis padres organizaron una excursión a Rioseco en tren. Sólo pensar que me iba a montar en tren hacía que todo mi cuerpo se cimbreara de nervios expectantes ante la experiencia. Aquel día desperté temprano. El trayecto desde casa hasta la estación de San Bartolomé era largo; debíamos cruzar el Puente Mayor que daba la entrada al cruce de caminos más importante de la zona: la ruta de León, Salamanca y Palencia.

Recuerdo cómo me sorprendió la luz tan intensa de aquella estación y el ruido de los viajeros. Sus cuerpos zarandeaban al mío mientras mi madre tiraba de mi brazo, y yo miraba atónito de un lado a otro… Cómo llegué a Medina, tan negro como el carbón y rotos mis ropajes domingueros de la experiencia que me llevó al segundo nacimiento de Esteban, como decía mi padre.

Subí los tres peldaños con solemnidad y, en cuanto pude, saqué la cabeza por la ventana. El humo de la locomotora escupía hollín por doquier excitando aún más mi imaginación infantil. Resoplaba como una vaca vieja a punto de caer muerta por el exceso. Al rato de estar montados y, justo en el momento que un hombre tocaba la corneta para avisar que el tren se estaba acercando y debían de apartarse de la vía si había gente o algún coche, paró ante nosotros, un hombrecillo bajo y regordete que mi padre lo conoció al instante “ Pedro, cómo estás, qué tal la familia…” se abrazaron y, en gratitud por el encuentro, el tal Pedro que iba vendiendo por el tren a los pasajeros pan metido en un cesto y en un talego el resto, nos regaló una pequeña hogaza de pan que la comimos como miasmas.
Y cuando estábamos a punto de subir la cuesta de Villanubla, nos tuvimos que apear, bueno, bajarnos todos los viajeros y, los hombres, ayudar al conductor de la locomotora a empujar el tren. Cuando ya casi se había solventado la cuesta, la gente comenzó a subirse. Yo, que estaba en pleno éxtasis entre el humo, el campo y el tren, tropecé y me vine al suelo justo cuando se acercaba una de las ruedas del tren, pero, he de contar que existen los milagros, a lo largo de mi vida he sido beneficiado por ellos en varias ocasiones. Hay que creer a oscuras, como decía mi abuela, creer sin ojos, sólo respirando con el alma y sintiendo con el corazón y, aquel día, veintiséis de abril de mil novecientos sesenta y uno volví a nacer gracias a la generosidad de una mula que dio su vida por mí atravesándose en medio de la vía, por lo que la rueda no llegó a alcanzar mi cuerpo aunque las ruedas delanteras machacaron a la pobre mula. El tren ya entonces lo llamaban el tren burra por ir tan despacio, y porque en muchas ocasiones había atropellado a mulas que se habían cruzado por la vía. A partir de aquel día, a mi me llamaron Esteban el Matamulas, perdiendo mi apellido hasta hoy por el como les decía Matamulas, muy típico por otra parte en tierra de campos poner apodos a sus habitantes.

Del susto, me desmayé, nadie llevaba sales para que volviera en mí, menos mal que Pedro, el panadero, llevaba canela y se le ocurrió pasarme por los conductos olfativos aquellos polvos y regresé a estos mundos de Dios estornudando, verbo que no he dejado hasta hoy.
Muchos años después y ya siendo padre, bajaba a mis hijos a jugar a la Rosaleda, unos hermosos jardines a la vera del río Pisuerga. Allí, a un lado, había un misterioso tramo de vía donde se aposentaba el famoso tren Burra con uno de sus vagones de madera. Aquel tren supuso a mis hijos la misma fascinación que a mí en su edad. Se pasaban las tardes subidos en él e imaginando gestas heroicas protagonizadas por aquel humilde tren.

Se preguntarán o querrán saber que más pasó en mi vida… Mucho no hay que contar. Fue, ha sido y es una vida tranquila de un vallisoletano más. Gente adusta, ruda, de campo, pero de gran nobleza. Me sujeto a mis vivencias, a estas calles que las pongo el olor de campo que cada vez se va alejando en favor del hormigón… Es más, yo creo que el carácter frío y distante que tanta fama nos hace se debe al clima; o nos congelamos, o pasamos a tostarnos como el grano de un café. Si alguien de ustedes se acerca por estas tierras, no dude en preguntar en la Plaza Cantarranas por Esteban el Matamulas, encantado de hacerles de guía turístico de este Valladolid en que cada esquina te recuerda que Miguel Delibes habitó entre nosotros.


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