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sábado, 19 de septiembre de 2015

EL PASADO

“Su corazón tuvo una razón para latir además de la del miedo” Alberto Méndez en su libro “Los girasoles ciegos”

Las campanas de San Juan dan las seis de la mañana. Las cigüeñas salen de sus nidos espantadas. Gabriela, apostada en el ventanuco, sonríe ante el bello espectáculo que observa esa mañana de junio de mil novecientos treinta y nueve. No lejos, oye las voces del cuartel de San Miguel “España, una. España, grande. España, libre. Arriba España. Viva Franco”... Gabriela suspira. Siente que el corazón la pesa y sus dieciochos años no son lo que aparentan; hace mucho que perdió la juventud, las esperanzas.
Se vuelve, coge la lechera y la destapa; apenas hay leche y hoy no puede comprar. No la han pagado aún la plancha de las sábanas y las camisas de Doña Reverencia, ya que cuando fue a entregar el trabajo, la señora no estaba.
Echa un poco agua en la leche y lo pone en un cacillo. Pronto Salustiano se despertará y no tiene nada que meter a esa criatura en la boca. Si no fuera por el niño, ella misma se hubiera ofrecido para ir al paredón; que acabaran cuanto antes con su vida. Ya la habían robado lo más importante: sus padres, sus dos hermanos y... la honra. ¿Qué la quedaba? Sí, ahora el pequeño Salustiano fruto de aquella violación por soldados del ejercito franquista, los mismos  por los que murieron su padre y hermanos defendiendo a la España libre, la España grande. Llegaron los republicanos en su huida y de paso que se llevaban los víveres que tenían almacenados madre e hija, un tiro seco en la frente para su madre por negarse a entregar un triste kilo de harina y unas lentejas. Y ella, Gabriela, violada por todo el que quiso pasar por allí; no opuso resistencia, el miedo era demasiado grande..
Socorrida horas después por Don Jacinto, el aguador del pueblo, fue el alma benefactora que la extrajo de aquel pozo. El hombre tenía poco, pero lo compartió con ella para sacar adelante al niño. Le buscó una buhardilla en un edificio casi Ruinoso por las bombas donde no hay agua corriente ni luz, pero el suficiente espació para un camastro, el corralito del bebé, un jaulón con dos gallinas, una lumbre y una mesa que hace las veces de tabla de planchar... Y Gabriela se da por contenta.
Antes de todo aquello, tenía un hogar y soñaba en ser peluquera. Ahora no tiene sueños y al alba se despierta sobresaltada ante los disparos; la guerra sigue porque los vencedores no se conforman con el triunfo sobre el vencido. No, su deber es aniquilar el rastro de aquellos que lucharon por un sueño. Matan cuando nace la luz aunque el rayo aún duerma; después hacinan los muertos en una fosa. Gabriela todos los días pasa por allí y susurra una plegaria por esos cuerpos inertes. Luego mira al cielo y suelta una maldición. Maldice al que se cree que ganó porque ha vendido el alma al diablo. Se maldice así misma que busca ropa y zapatos para robársela al fusilado. Cuando lo consigue, se va corriendo entre las sombras hasta el río. Allí frota y refrota la ropa. A los zapatos los restriega con una piedra mojada para quitar el barro. Con todo hace un atillo y se va a casa. Espera que las prendas se sequen para plancharlas con primor y con el betún acicala los zapatos. Una vez terminada la faena, baja a la tienda de Don Remigio; éste se coloca las gafas para mirar con fruición la mercancía de Gabriela. Con ella nunca regatea, pero tampoco la da demás, los tiempos no están para malgastar. Todos están ajustados, hasta los que tienen que robar para revender.
Gabriela no tiene salida, tan sólo si hubiera dejado morir al hijo del pecado, ahora no se vería humillada a robar a un pobre muerto o a un saco de huesos, porque algunos sólo conservaban  un solitario pellejo que recordaba que una vez fue un hombre o una mujer.
Un día en que se encontraba profundamente desesperada decidió robar de la tienda de don Remigio una pistola, dos balas, pero cuando llegó la noche no tuvo valor de disparar a la criatura y luego a ella misma. El niño la miró expectante durante un rato; después sonrió. ”¿Cómo le iba a matar, pues?”, pensó al recordarlo.
Al día siguiente con el niño en brazos volvió a la tienda a devolver la pistola. Don Remigio nada dijo y tendiéndola un saquito de harina la miró de tal manera que calentó su corazón hasta borrar cualquier nubarrón.

Salustiano se despierta llorando; tiene hambre y la poca leche con agua no son suficientes. Su madre se retuerce las manos. ¿Qué hacer? ¿Mendigar? Coge a la criatura y escaleras abajo sale a la calle desesperada. El niño llora de hambre, pero tiene, además, fiebre y de repente un color extraño. Gabriela recorre las calles como un fantasma, no sabe dónde ir y presiente algo malo; Salustiano ha parado de llorar y ella enloquece. “¿Qué le pasa a mi niño?” Grita, grita aterrada. De pronto ha vuelto a oler la muerte cuando menos se lo esperaba. Es lo único que sostiene a Gabriela a seguir caminando. Esa criatura no tiene culpa de nada. Viene de un pecado que no es el suyo. Es verdad que al principio no lo quiso ni lo miraba a la cara porque cada vez que el cuerpecillo se movía, a Gabriela se la amontonaban en la memoria  aquellos recuerdos salvajes de la violación; una y otra vez. ¿Cuántas veces? A Gabriela la parecieron cientos. Sin embargo, el llanto de Salustiano, los ojillos perdidos, las muecas de una sonrisa y la soledad, hicieron que la muchacha que un día tuvo sueños y quiso ser peluquera, se fuera encariñando con la criatura. Pero, ¿si el niño se moría, qué haría ella? ¿Para qué vivir más vida si en vida todo fue llanto?
Alguien se apiada de la muchacha y trata de ver al niño; éste respira con dificultad, pero aún esta vivo. El matrimonio mayor que la socorre la invitan a que les acompañe. Gabriela se deja hacer; ha perdido la perspectiva, pierde el conocimiento.
La maldad humana es demasiado grande para ser justificada. Sin embargo, cuando me paseo con los ojos abiertos, siempre encuentro a locos con esperanzas en sus manos y palabras de aliento cosidas a sus bocas abandonadas. Me los quedo mirando como si fueran espejismos fruto de mi calenturienta imaginación que se desborda con cualquier hechizo.

…Y es que hay días en que me cuesta creer en el hombre, vivir con él, pero estos soles menudos que hallo en mi camino me hacen desistir, y dejo las ventanas abiertas. Abiertas al aire puro, impío de otros, para no perder la fe en ese hombre que le siento tan bajo y ruin.
… Así que aquí estoy, esperando a que amanezca y por el horizonte crezca un sol menudo que me ayude a caminar con la sombra de hombres que no me gustan y que, sin embargo…


Miguel me atusa dulcemente la mano. Parece mentira con lo hoscas y atribuladas que eran sus manos, con el tiempo han logrado refinamiento, dominio sobre su fuerza bruta.
Levanto la cara, me está mirando. Me mira con esos ojos de cachorro perdido y lastimero; con lo cenizo que es, seguro que me está llorando antes de irme…, le conozco tan bien que… Sobre sus ojos se ha posado la niebla de los años aunque no han perdido la ternura a pesar de esas arrebolados de arrugas que acarician su años.
Le miro sintiendo la gratitud que se me escapa sin querer, con ese amor que da el roce, el tiempo…, y busco entre las telarañas de la memoria aquel joven que conocí con apenas veinte años.
Miguel era guapo, muy guapo. Extrovertido, parlanchín, culto y divertido. Como se decía en aquellos tiempos, hubo flechazo en el mismo instante en que nuestras voces se rozaron en el aire. Yo era camarera, y él un señorito bien de una ciudad de provincias. Yo, trabajaba para sacarme unos estudios con el enfado de mi padre que deseaba que me quedara en el pueblo y desposara con alguien que acrecentara las tierras familiares; para mi tiempo era una muchacha díscola e independiente en mi  fuero interno.
Miguel era ya un apuesto abogado, además de tener novia reconocida, y de su misma clase, pero hubo algo que condujo a sus sentimientos por caminos muy distintos a los de Casida, su chica como dicen ahora.
Al principio, él se debatió entre lo correcto que era Casilda y la pueblerina que era yo, sin haberes y, como único aval, mi belleza. Sí, hasta yo debía reconocer cuando veía fotos mías de aquella época que era muy hermosa. De esas bellezas limpias, sanas, sin necesidad de acudir a afeites que engalanaran mi tarjeta de presentación. Tampoco tenía falsas pretensiones y mis pies estaban demasiado clavados a la tierra para permitirme ciertos sueños. La discreción y la prudencia, mi carácter tranquilo me ayudaron a escalar los montículos sociales que nos separaban. Bueno, fue una ficción porque el tiempo demostró que no trepé ni las paredes de mi casa.
Nos enamoramos poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. La declaración oficial de sus sentimientos a sus padres fue toda una tormenta que no acalló ni tiempo después de estar sus padres en la tumba. A él le perdonaron, pero no a mí que había truncado los planes de futuro para su hijo. Era una sociedad hipócrita, consintiendo, tapando cualquier desmán moral; todos estaban corrompidos, hasta Don Severino, el guía espiritual de mi suegra. Gracias a su  ejemplo, dejé de pisar la iglesia. Ellos taparon los escarceos de faldas de Miguel. Claro, mi culpa fue callar, asentir, y hacer que nada veía. Le amaba demasiado hasta que dejé de quererle. Todo tiene un límite, hasta los sentimientos.
¿Por qué no me fui? Mis hijos, mis hijos me ataron a la pata de la cama de su padre.  No, nunca tuve miedo de perder, Dios lo sabe bien. Sabía que no tenía nada, odiaba esa sociedad mentirosa, ellos tampoco me querían. No me fui porque el amor a mis hijos era lo que de verdad era real, limpio y puro en mi vida mientras su padre iba de triunfo en triunfo. Pero como todo en este mundo, los caminos se agotan, y has de volver a caminar, esta vez de regreso, cuesta abajo. Y allí estaba Matilde, yo, para recoger los escombros.
Los años pasaron, la vejez llegó, y Miguel se acopló a mi brazo hasta hoy.
No quiere escuchar a los médicos ¡Pobre!, tiene terror a la soledad, al eco de las paredes de su alma. Por él estoy aguantando, me da lástima. Guardo las pocas fuerzas que me quedan para cuando Miguel se acerca silencioso, se sienta, me agarra la mano y me mira con esos ojos de perrillo maltratado, abandonado.
El ser una octogenaria  me ha hecho perdonar, olvidar mis duelos…, he dejado de sufrir por mi pasado, aunque no olvido que Miguel está aquí, ahora, porque su vejez  le ha prohibido todos los placeres de la juventud.

… Me vuelve a acariciar la mano, se la acerca a la boca y me la besa suavemente; es lo último que he sentido antes de cerrar los ojos…



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