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sábado, 10 de octubre de 2015

SOBREVIVIR, RESISTIR O... MORIR

Según voy escribiendo las últimas palabras, sus ojos abiertos clavados en el infinito vacío vuelven a mí como si los estuviera viendo en este preciso momento.
Su voz entrecortada, en una boca que estallaba sangre pero llena de una sonrisa fulgurante, balbuceó: “Toma, termínalo tú”

Hoy pongo el broche a sus deseos.
Esta es la historia de una profunda amistad. Enrique, Jacob, Helmuth, alias “Sinti” y Tobías, apodado “la mosca” por su minúsculo tamaño e inmenso peso en la vida de sus amigos, son los protagonistas…

En 1942 el mundo se hallaba inmerso en un caos. Una fuerza subterránea iba involucrando a las naciones a defender los derechos de unos pocos en pos de las libertades futuras de muchos; sin darnos cuenta, había dos bandos. Unos convencidos de su lucha, otros arrastrados irremediablemente por las circunstancias, y no había que ser un lince para descubrir un sector que brillaba por la codicia, la rapiña y el botín; las miserias humanas son así de descarnadas.

Enrique a sus veinticuatro años llevaba a sus espaldas muchas experiencias de lo más variadas: la mayoría se resumían en la palabra”Lucha”.

Cuando estalló la guerra civil española, él acababa de terminar el bachillerato y pasó a engrosar las filas del ejército republicano. Había presenciado el fusilamiento sin mediar palabra de su padre por los nacionales; aquel suceso quedó impreso en su memoria y comenzó a sentir el odio en su corazón temprano. Una herida de bala en la pierna izquierda le dejaron cojo, y abocado a un destino que nadie sabía en dónde culminaría.

En 1939, tuvo que exiliarse a Francia; desconocía el idioma francés pero perdido en las sábanas de Chantal, comenzó tímidamente a pronunciar sus primeras palabras. Ella se convirtió en su salvavidas durante aquellos años; sus contactos le ayudaron a conocer a otros españoles, con los cuales pronto organizaron el movimiento de resistencia contra el invasor alemán.

Era una mañana soleada aunque fría aquel 12 de noviembre de 1942; Enrique se dirigía al metro de Montparnasse. Ese día tenía la misión de ir a Bretaña para contactar con otros resistentes, pero nunca llegó.
En la nuca sintió un clavo; era el cañón de una pistola y una voz aguda en un mal hablado francés, le indicaba que caminara despacio, cualquier movimiento en falso terminaría en un disparo seco.

Aquel hombre era un alemán, y él, Enrique Roig, era conducido no se sabe dónde.

Buchenwald significa en alemán “bosque de hayas”; tierra perdida donde Goethe paseaba en sus horas tranquilas en busca de una inspiración transparente y limpia. Si nos quedamos en ese pensamiento bucólico y romántico, desconoceríamos el reverso de la moneda cuya historia es vergonzante, y para tener criterio, hay que procurar conocer ambos lados.

En esa época allí estaba ubicado un campo de concentración, donde iban a parar judíos y prisioneros políticos.

Enrique aprendió de su padre a memorizar visual y mentalmente todo; era la mejor guía que una persona podía tener: su memoria. Ahora, mientras era conducido a un lugar desconocido, no quería que el miedo se apoderara de él, por lo que recurría a repasar trozos sueltos de poemas de Miguel Hernández y García Lorca; un bastión lleno de riqueza, inspiración y fuerza. Ejemplo para muchos, de que no se debe olvidar principios ni ideas.

Fue empujado a introducirse en un vagón de mercancías. Si su memoria no falla, allí pasaron más de cinco días sin alimento ni líquido alguno; al llegar a su destino, más de la mitad fueron al crematorio.
Una mano angelical en la segunda noche le tendió una galleta… fue el principio de una amistad, más sólida y fuerte que la vida misma. No sabía si era hombre o mujer, ni qué nacionalidad tenía, pero aquel gesto dio luz para el resto de los días.

Jacob era francés; su padre era un reconocido periodista judío, quizá de ahí le viniera el amor a la escritura aunque nunca se hubiera planteado hasta entonces escribir en serio, sólo algún cuento y relato, que gracias a la posición paterna habían sido, eso sí, publicados en periódicos con bastante éxito. Su madre, era una bella e inteligente francesa que le inculcó desde bien pequeño el amor al arte. En una redada nocturna fue sorprendido mientras escondía a un grupo de gente; ellos pudieron escapar, él no.

Nada más llegar a Buchenwald, los metieron en una especie de nave diminuta; serían al menos doscientas personas. Uno a uno fueron desfilando con un mismo itinerario: primero ducha, después les raparon el pelo, depilaron todo el cuerpo y les untaron todo el cuerpo de un líquido que picaba mucho y a más de uno, sobre todo mujeres y niños, les salieron ampollas.

Un apretón en el hombro de Enrique le hizo girar la cabeza; era Jacob. Al español le vistieron, al ser un prisionero político, con un traje, cuya espalda iba marcada con un trozo de tela distinta al resto de la indumentaria, Al judío, una especie de mono de un azul desgastado.

Tuvieron la suerte de ir a parar al mismo barracón. Era desolador el panorama que sus ojos contemplaban: ancianos moribundos, postrados en jergones de paja; niños cuya carne estaba ausente y aún hacían gala de una sonrisa de esperanza. Mujeres con la vista perdida en recuerdos que cada vez eran más nubosos; hombres con mirada desconfiada analizaron las figuras de los dos extraños al entrar y un hombre, de complexión muy fuerte les cortó el camino.

-¿Quiénes sois? Aquí no hay sitio.- Hablaba en alemán y fue Jacob quien contestó.

-Mientras nos preparan “la suite” nos han traído a esta pocilga. Si eres tan amable, nos apetecería a mi amigo y a mí, tomar un té a la menta bien cargado y unas galletas de mantequilla por favor ¡Ah! Y echa más leña al fuego, hace demasiado frío. Si el Fürhrer se entera del mal recibimiento que habéis dispensado a sus dos consejeros, hará que os corten las pelotas automáticamente.- Una sonora carcajada se expandió por todo el barracón, que ayudó a que la tensión disminuyera.
-¿Te crees muy gracioso amigo? Pues que te enteres que aquí no hay lugar para la risa, y menos, de cabrones como tú.

-Admito que soy un payaso cabrón, llamado Jacob. Ahora ¿me puedes adjudicar un rincón donde podamos descansar?-tanto la voz como la mirada de Jacob eran duras- El camino hasta aquí ha sido duro ¿sabes? Varios días sin comer, sin ver la luz, orinándonos encima, muriendo gente a nuestro alrededor, y como colofón, un frío baño de zotal y seis niños que han caído fulminados por disparos de pólvora de azúcar, simplemente por quejarse de que tenían hambre. Necesitaba decir un par de gilipolleces para olvidar por unos segundos el horror; mi cabeza me pide una risa, no más llanto por hoy.

-Lo siento amigo. Soy Helmuth, pero me puedes llamar Sinti. Aproximaros al fuego, hay café hecho.- la actitud del hombre había cambiado radicalmente, como si una de sus fibras más sensibles, hubiera sido tocada.
-Y ¿Este lujo asiático de café?-preguntó Enrique.-
-Aquí todo se puede comprar. Me he dejado dar por el culo un rato. Un capitán tenía sus necesidades; ya ves, tres paquetes de café y dos cajetillas de tabaco por cinco escasos minutos.- Enrique pensaba que aquel hombre estaba hablando en broma pero al observar la cara detenidamente de Jacob, se dio cuenta de que era verdad y apretó los ojos para no dejar escapar una lágrima.-
-¿Cuánto llevas aquí?

-Un año, cuatro meses, seis días y no sé cuantas horas. Me he ido salvando de la masacre unas veces, por mi utilidad y fuerza. Soy buen carpintero y puedo acarrear de una vez mucho peso; otras, por cubrir el apetito carnal de ese desalmado, pero presiento que mi fin está próximo. Esta mañana, han caído bombas cerca de aquí y se barrunta exterminio de muchos de nosotros, y a otros los trasladarán. Además, hace una semana que llegó un maricón nuevo y he visto al capitán como lo mira…- su voz se apagó y la fuerza que hasta ese instante hubiera demostrado, desaparecido.
-¿Eres homosexual?- Enrique no daba crédito a lo que estaba oyendo, y menos, con la crudeza con que lo contaba Sinti.-
-¿Ves este triangulo rosa? Así nos distinguen a los de nuestra estirpe. En el treinta y cuatro con el “putsch de Röhm” se empezó a perseguir a todos los homosexuales que estábamos afiliados al NSDAP. Muchos han sido trasladados a campos de concentración de trabajos forzosos; según mis contactos, se han quedado a merced de brutales experimentos médicos, castración y esterilización. Conocí al capitán Himmler justo cuando me arrestaron; en el interrogatorio él pudo gracias a sus influencias, dar mayor importancia a mi origen gitano que a mi homosexualidad. De ahí que no me mandaran a uno de esos campos, y me convertí en su amante. Hasta ahora todo lo que he pedido, me lo ha dado. Este es uno de los barracones más privilegiados. De todas formas, si logro sacarle alguna cosa más, lo repartimos a otros barracones.- Al terminar de hacer estas confidencias, los tres hombres callaron y se refugiaron en sus pensamientos. La noche había llegado; el frío entraba por todas las rendijas y la nieve caía copiosamente. Como música de fondo, estaba el sonido de disparos no muy lejanos y la luz del fuego en el bosque iluminaba el silencio de aquellos tres seres humanos que se acababan de conocer.

-¿Qué haces Jacob? Te vas a dejar los ojos. Llevas varias noches sin dormir.- Sinti le miraba como no entendiendo la actitud del joven francés. Él procuraba dormir, tratar de soñar en algo realmente hermoso; es más, había hecho proyectos. Aún conservaba un hilo de esperanza de que aquella barbarie terminara y volvería a ser persona. Todo estaba destruido y un carpintero encontraría trabajo. Se instalaría en París; se había enamorado de esa ciudad. Jacob contaba maravillas, y de una forma tal, que era lo mejor que había pasado en más de dos años encerrados allí. Niños, mujeres, jóvenes y ancianos, es decir, los pocos supervivientes que iban quedando en aquellas condiciones infrahumanas, se arremolinaban cada tarde entorno a Jacob y él comenzaba a contar historias, tan bellas, que las penas, la miseria, eran olvidadas por un buen rato. Creaba un mundo mágico donde no había maldad. Extensos prados, trigales, vacas rollizas, ríos cristalinos, música… sí, cuando terminara aquel holocausto, tendría su propia carpintería y haría una librería con mesa a juego que sería la envidia de cualquier carpintero; casi la tenía terminada… en sueños.
-Sinti tengo miedo a cerrar los ojos. Prefiero permanecer despierto y escribir y escribir. Tú te refugias en el sueño; yo en el papel. En él creo mi propio mundo, vuelco mis contradicciones, miedos, sufrimientos; luces y sombras, Sinti, de un ser atormentado. ¿Me prometes una cosa, fortachón? Si me matan, no me salves a mí sino a todos estos papeles, y llévalos a algún editor. Si sacas dinero por ellos, destínalo a huérfanos judíos ¿Me lo prometes?

-¿Es tu testamento? ¿Dónde está tu humor, payaso cabrón?

-Tengo malos presagios; no creo que podamos resistir en estas condiciones mucho más. Enrique dice que el fin de la guerra está cerca pero antes de la huida de estos criminales, nos mataran a casi todos.

-Eso lo dije yo hace dos años y ya ves, seguimos vivos. Confió en Enrique; aquí cada uno tenemos una misión. Tú hacer olvidar el horror, Enrique buscar información y crear un plan de huída y yo… suministrar víveres. ¿Te acuerdas cómo maté al maricón que quería usurpar mi puesto? Primero lo emborraché y después… le hice una disección limpia, certera, obra del mejor maestro carpintero, de sus partes. Murió como un cochino desangrado, y yo volví a ocupar el lugar que me correspondía. Para sobrevivir, Jacob, debes dejar de lado muchas cosas, olvidarte como eres… a no ser que quieras morir y yo no estoy dispuesto; si he de morir, que sea con las botas puestas. Hay que sobrevivir Jacob, resistir hasta el final.

Enrique iba mirando por uno de los agujeros que Sinti había hecho en la madera del vagón; nieve y más nieve. Un paisaje desolador. Casi ya había perdido las esperanzas. La única salvación sería que el ejército ruso o el americano bombardearan aquel tren o… que descarrilara. Pensar a esas alturas de la historia que sucediera un milagro, era de locos, de aquellos que habían perdido la razón. Seguían la marcha lenta, hacinados, dándose calor unos a otros aquellos cuerpos esqueléticos; de tantos niños, sólo quedaban una escasa docena… mejor pensaba Enrique, para ellos había acabado el sufrimiento. Los viejos y mujeres fueron cayendo como moscas en un panal ¡Sublime! balbuceaba ¿Para qué prolongar más el dolor? La resistencia era inútil, absurda… una agonía de casi tres años ¿para qué? Nadie ni siquiera sus amigos sabían de su pensamientos más lúgubres; confiaban tanto en él, en su compostura que nunca perdía el ánimo, ni su palabra siempre dispuesta a dar soluciones ¿Cómo iba a decir a aquellas pobres almas que no había esperanza posible, que los recursos ya no existían? ¿Quién iba a echar en falta doscientos o trescientos apellidos cuando habían desaparecido miles? Nadie, nada… nada.

Un frenazo en seco, hizo despertar a Enrique de sus pensamientos; se incorporó y buscó de nuevo el agujero. Se oían voces inteligibles. Era de noche y se veían luces de antorchas. De pronto, seis, siete disparos, quizá, y… silencio.

-¿Qué pasa? Tengo miedo.-Enrique se volvió; detrás de él se encontraba un niño; el ser más diminuto que hubiera visto en su vida; cabría casi por uno de los agujeros que había hecho Sinti. Sólo se veían ojos en su cara…mirada llena de espanto.-
-No pasa nada. Hemos parado; seguro que es para que suba más gente. Estate tranquilo.- No había terminado de pronunciar la última palabra cuando se oyeron nuevos disparos. El niño se abrazó a las piernas de Enrique.-
-¿Ya vamos a morir? No me dejes solo, no tengo a nadie. Mi madre y mi abuelo no subieron al tren… les metieron vivos en la fosa que cavasteis el invierno pasado.

-No te sueltes de mi pantalón ¿Vale?

-Vale. Me llamo Tobías.

-Yo, Enrique.

El silencio era dañino; la espera se hacía interminable ¿Qué estaría sucediendo? No se veía movimiento, ni voces, hasta que… más disparos y ruido como de estar abriendo las puertas de los vagones.

-¿Ves a aquel hombre tan grande, Tobías? Despiertalo sin hacer ruido.- el niño gateo encima de los cuerpos hasta llegar a Sinti. Unos a otros se fueron despertando en el más riguroso silencio.

-Enrique nadie viene a por nosotros; si hago un agujero más grande el niño puede salir y ver qué pasa.

-¡Animal! ¿Quieres que le maten?

-Si abulta menos que una mosca… nadie lo verá.

Sinti tardó menos de cinco minutos en hacer el agujero más amplio para poder colar a Tobías. Éste se prestó inmediatamente, desapareciendo. El tiempo que pasó después, les pareció a todos eterno, hasta que un disparo en la puerta del vagón asustó a todos. Entre Sinti y Enrique empujaron la puerta y ésta… se abrió. Lo que vieron se grabaría en sus memorias para siempre: Tobías con un fusil que abultaba más que él, esperaba con la sonrisa de triunfo… aún se podía esperar la vida.

En los alrededores parecía no haber ningún soldado; la gente salió corriendo perdiéndose en la nieve. Jacob cogió una antorcha, mientras Sinti y Enrique cogían armas.

-¿Para dónde vamos?-Preguntó Jacob.-
-Internémonos en el bosque, ahí nos podemos ocultar mejor.- Inquirió Sinti.
-¡Tengo mucho frío!- La voz infantil les sobresaltó a los tres. Tobías se apretaba a la tela del pantalón de Enrique.-
-¡Venga campeón, te meteré en mi chaqueta, entre los papeles!

Comenzaron la marcha a toda velocidad; sus piernas se hundían en la nieve lo que dificultaba avanzar pero la luz de la antorcha les hacía poner todo el tesón y las ganas de alejarse del lugar.

-Recuerdo las orquillas que llevaba mi madre prendidas en el pelo: eran dos mariposas con las alas llenas de pequeños cristales azules, igual que sus ojos… Se agarró a mi corbata, que a punto estuvo de ahogarme, mientras dos fornidos soldados tiraban de su cuerpo, ella chillaba “Huye, huye, no flaquees, sobrevive a esta barbarie” pero preferí que los otros la salvaran y que a mí me cogieran…- Jacob al terminar, calló.
-Yo, rememoro el olor a guiso. Mi boca está ahora insípida de sabores, pero en aquel entonces, soy consciente que gozaba de aquellos placeres terrenales y ¿Tú, Enrique?- preguntó Sinti.
-¿Yo? La piel de seda de Chantal, las horas perdidos en aquel mullido colchón de lana… sí, fueron tiempos felices.
-Yo tenía un coche de cartón, me lo hizo mi abuelo; lo pintó de rojo… dormía con él.- dijo Tobías.
-Mosca, el tío Sinti te hará uno de madera.
-¡Seguid hablando! No paréis; mientras mantengamos la cabeza en funcionamiento, podremos continuar.- Dijo con voz desesperada Enrique.-
-Llevamos horas andando ¿Dónde estaremos?

-Cerca de alguna parte. Se ve fuego al fondo, mucho… debemos estar muy cerca de alguna ciudad.- comentó Jacob.
Según avanzaban el aire cada vez estaba más saturado de polvo que formaba una espesa cortina de niebla. El sonido de aviones comenzó a planear por encima de sus cabezas… estaba amaneciendo. Empezaban a atisbar edificios derruidos, cráteres abiertos por las bombas, montañas de escombros. Del cielo caía dinamita que su explosión arrojaba sobre ellos una lluvia de esquirlas; si querían esconderse, no había donde. Estaban en el medio de la nada, expuestos a terminar su camino.

Una granada voló por el aire hasta aterrizar en uno de los tres hombres…

Navidad de 1949, París

-Oye maricón de lazo rosa, alemán gitano ¿qué estás haciendo? Hace frío; quema alguno de tus muebles, al menos servirán para dar calor… pero ni se te ocurra coger los juguetes de Tobías o su árbol de navidad ¿Me entiendes?

-¡Desgraciado! Estoy terminando tu librería y la mesa donde escribirás. Nos tienes que sacar de esta pobreza. Desde que acabó la guerra sólo he vendido dos ataúdes… así no vamos a ninguna parte.

-¿Para qué quiero la mesa si ya no escribo?

-Jacob, grábate en la cabeza, que aquella granada estalló en tus ojos, no en tu vida. Estás ciego pero vivo. Pensabas que ibas a morir; te despediste de nosotros, hijo de puta, de una forma que nos partiste el corazón, pero ¿sabes? Bicho malo, nunca muere. Hemos sobrevivido Jacob ¡Los cuatro! Tus ojos y tus manos son Enrique; pero él no hace nada si tú no le dictas lo que hay dentro de tu pensamiento. Por cierto ¿Ya has pensado el título?

-No sé, tengo dos: “Dame por el culo que he de alimentar a mis amigos” o “Sobrevivir, resistir… o morir” ¿Qué te parecen?

-Opino que eres un payaso cabrón.

3 comentarios:

Ricardo Tribin dijo...

Siempre destacada y brillante.

Me encanta visitarte.

Abrazos

PEPE LASALA dijo...

Gran escrito Mª Angeles. Un beso grande, me alegro de volver a verte por estos lares. @Pepe_Lasala

M CRISTINA DOBLAS G dijo...

Es un relato impresionante, cargado de fuerza. Tristísimo y cargado de realismo. Se puede sentir el frio, el hambre.. Y por encima de todo, el valor de la amistad. Me ha gustado mucho.