domingo, 15 de noviembre de 2015

VICKY

Es un quinto piso de un edificio de siete plantas. Hacia las seis de la mañana en el patio de luces comienzan a despertar las ventanas iluminándose poco a poco como farolillos. Aún no ha amanecido pero esas suaves luces ponen en alerta a Vicky. Sus ojos van desde un punto fijo y, luego, a izquierda, a derecha y así continuamente. Sus orejas se ponen en alerta y se sitúa en la puerta de salida; pronto será libre, si es que la libertad se puede dibujar en unos pocos y escasos metros que Vicky ya se conoce hasta con los ojos cerrados.
Se escucha un despertador, son las seis y cuarto. Una claridad al fondo del pasillo, después otro despertador y la luz se acerca más y más, pues detrás de la esquina donde ella se encuentra, una ráfaga frambuesa y dorada se pega al suelo. Amanece inexorablemente. Vicky comienza a ponerse nerviosa, como esos corredores de running pegados a la parrilla de salida que calientan músculos. Por fin en su estancia se hace la luz artificial y una mano que conoce desde hace mucho abre su celda, y Vicky comienza a patinar por una pista de hielo sin hielo, ¡se siente tan feliz, tan libre! Que sus sensaciones la obligan a dar piruetas sin control, a volar por un cielo sin cielo, pero recapacita dándose cuenta que es la hora de acicalarse. Se va a su baño personal, un rincón improvisado que ella adora, lo considera lo suficientemente íntimo para sus necesidades. Atusa su piel de terciopelo mientras se queda escuchando los ruidos matutinos: el chasquido del agua de una ducha, el gorgorito de una garganta, los pasos descalzos de unos pies tímidos y, de repente, su alborozo se torna en tristeza. Sus alas se despluman, su libertad se recorta en nada. Una puerta que se la antoja un infinito no la permite explorar, caminar otros mundos, sólo revolotear por esos escasos metros en amarillo y blanco, no más.
¿Qué habrá detrás de esa puerta que con tanto celo cierran y abren para que yo no pueda traspasar? Se pregunta mientras atusa su peinado de tristeza, y crece su rebeldía manifiesta cuando la llevan su desayuno de melón y plátano. “No hay nada mejor que muerdas”, se dice mientras ejecuta mordiscos diminutos y siente sobre su cuerpecillo patadas; una de ellas la manda a estrellarse sobre la pared blanca. Se queja en silencio comprendiendo que ha hecho una solemne tontería, que nunca logrará su objetivo.
Sin embargo nada hace presagiar que esa misma mañana su sueño se hará realidad. Es un día de mucho alboroto en sus escasos metros. Van y vienen, hablan mucho y Vicky observa, escucha. De repente, alguien se para delante de la gran puerta y mientras sigue hablando la abre. Vicky lo ve y se dice “Ahora o nunca” y emprende la carrera de su vida, una carrera alocada y sin rumbo. Está demasiado asustada por su proeza, está en terreno desconocido y no sabe hacia dónde correr mientras oye voces ”Vicky se fuga, cerrar todo” Comienzan a oírse portazos y Vicky se siente acorralada. Su cuerpecillo tiembla y no sabe dar marcha atrás, ya no. Ha logrado romper ese muro infinito que la impedía soñar otros mundos, presentir otras realidades.
Así que toma el único camino que la queda. Un haz de luz envuelto en vientecillo fresco de la mañana guía sus saltos acróbatas mientras tras de sí escucha voces y pasos que persiguen su libertad. Frena. Unos barrotes la cortan el camino, sin embargo presiente que están lo suficientemente separados para caber por ellos. No piensa más y los traspasa.
¡Qué felicidad, qué sensación de flotar!, experimenta Vicky en su caída a lo desconocido y hasta llegar a ese golpe más duro y fuerte que las patadas que a veces la dan. Sin embargo antes de cerrar los ojos huele el frescor de aquel duro colchón, del color verde oscuro del que se la privó mientras un hilillo de césped la atusa la nariz.
Vicky ha cerrado los ojos, de su boca otro hilillo, es sangre pero ella ya no lo ve.

La mañana transcurre plácida. Una anciana pasea por el jardín. De repente se para y dice a su acompañante “Mira, qué lástima, un conejito muerto”

1 comentario:

Alfred Comerma Prat dijo...

Inquietante relato, no sabía de que animal hablabas y me has sorprendido, me gustó, la búsqueda de la libertad a cualquier precio.
Saludos.