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sábado, 4 de junio de 2016

NINA COTOV


-Ana, por Dios, date prisa. Va a salir el autocar y nos van a dejar en el hotel. Todos ya están montados.
Quería darme prisa, pero aquella mañana no sé qué me pasaba. Me había despertado justo al amanecer. Bajé a desayunar y por los cristales del comedor vi cómo la nieve caía sobre el río. Entonces, sin terminar de desayunar, me acoplé el sombrero hasta las cejas y salí a la calle. Crucé sin mirar, parecía que el Neva me estuviera llamando a gritos. Me apoyé sobre la piedra del malecón de las Esfinges y mis ojos se quedaron clavados sobre el río helado; no sé lo qué me pasó. Cuando desperté de aquel estado, miré el reloj, eran más de las ocho y media, y la excursión salía a las nueve. Corrí hacia el hotel…

Nada más entrar en el Hermitage, volví a intuir aquella sensación extraña. No dije nada a Ramiro y me despegué del grupo. Subí sin pensar la gran escalinata del Jordán y me perdí por las logias de Rafael…

Aquel museo no era uno más por muchas obras de arte que colgaran de sus muros, jalonaran bronces por los largos pasillos y Roma o Egipto fueran los reyes. Ni siquiera los zares que habían pisado aquellos suelos de madera haciendo hermosos dibujos, se hacían idea de los duendes que bailaban un vals en el salón de San Jorge, o los besos furtivos al lado del ventanal que daba al Neva…

Me quedé absorta mirando a aquel espejo que reproducía cientos de veces la lámpara de cristal de Swarovski hasta que mis ojos se chocaron con su imagen. Me volví sobresaltada justo en el momento que un aire frío venía a por mí. Y allí estaba ella, sentada en una silla a la entrada de la sala del pabellón. Se miraba las manos como deseando encontrar en ellas alguna respuesta. Su cabello era muy negro cayendo en bucles hasta los hombros. Su frente estaba oculta bajo un espeso flequillo recto. El vestido de seda malva caía casi tan lánguido como ella. Llegaba justo hasta la altura de sus tobillos. A partir de ahí se asomaban unos lustrosos botines de charol negro.
Debió de sentir mi mirada intrusa pues levantó el rostro hacia mí. Sus ojos eran de un azul tan gélido que las dos lágrimas que se escaparon corriendo por sus mejillas se quedaron heladas a medio camino.
Jamás había visto una piel tan blanca, casi nácar ni una boca tan jugosamente puesta para ser besada sobre unos labios carnosos del color de una frambuesa madura.
Según la observaba con inconsciente osadía, presentía que su imagen no me era desconocida y como si estuviera vislumbrando en ese preciso momento que era a ella a la que había estado buscando por todas las salas del palacio de invierno.
Pasados los primeros momentos, ella cambió el gesto ausente por uno más humano y su cuerpo se removió en la silla de forma que percibiera que era de carne y hueso.
Sin darme cuenta de que mis actos eran libres de mí, sentí que me iba acercando a ella hasta estar a apenas un palmo de donde estaba sentada; después, me arrodillé para estar a su altura o, incluso, yo un poco más baja que ella. Y fue cuando me habló:
-¿Por qué has tardado tanto?- cayó unos segundos para reanudar sus preguntas- ¿Encontraste a Mikhail?- Turbada, negué con la cabeza; no sabía de qué me hablaba.
-Has de ir a la sala donde está Goya y busca a Antonia de Zárate. Mikhail está con ella. Dile que Nina Cotov le está esperando en la sala del pabellón.
Como si mis pies tuvieran alas y supiera lo que estaba haciendo, corrí por el palacio de invierno. Hasta sentí mi voz que hablaba en perfecto ruso preguntando dónde podía encontrar a Goya. Seguí volando, pasé como un disparo entre Rubens y Ribera hasta que me paré en seco… Un cuadro de enormes longitudes presidía la sala; era el Cristo crucificado de Murillo. Miré hacia la izquierda y supe que era él, Mikhail. Conversaba con una bella dama de porte muy español y ademanes descarados.
Me acerqué muy despacio, intentando no despistar la curiosidad que había en ellos, el uno por el otro, hasta que estuve tan cerca de la espalda de Mikhail que fue mi respiración la que le hizo girarse hacia mí. Sus ojos me recordaron al resplandor del otoño, al castaño y al fruto del ciruelo. Su sonrisa era la dulzura de la primavera.
-Vos, ¿quién sois?
-Vengo en nombre de Nina Cotov. Ella le está esperando en la sala del pabellón.
-Sería tan amable de indicarme qué fecha es hoy…
-¿Hoy? Son las diez de la mañana del uno de noviembre de año dos mil diez.
-¿Dos mil diez, ha dicho? Imposible, se ha confundido. Hoy es el baile de las ánimas, ahora recuerdo. Treinta y uno de octubre de mil setecientos ochenta y tres- según pronunció el último número, su voz enmudeció y a su rostro llegó una azulada tristeza.
-Ella le espera, venga conmigo, por favor, aún hay tiempo- yo no sabía de qué estaba hablando, pero él lo comprendió al momento porque giró su cuerpo hacia la hermosísima dama y le oí decir “Discúlpeme, señorita Zárate. Presiento que su belleza y espontaneidad han retrasado en demasía mi tiempo y hay alguien que me espera desde hace siglos. Un placer haberla conocido ¡Buenas noches!”… Sentí como su mano firme atrapaba mi brazo izquierdo y ambos volvíamos a volar por las salas del Hermitage hasta encontrar a Nina que estaba en la misma silla en la que la dejé. Al intuir nuestra presencia, levantó su rostro y vi la luz del río Neva en sus ojos… Se besaron; es lo último que vi…

-Ana, ¿dónde, demonios, te habías metido?
Miré a Ramiro aún con la sonrisa pintada en mi gesto y la luz del Neva envolviendo mi espíritu.
-Perdida en el tiempo, pero ya he vuelto. ¿Qué habéis visto mientras yo no estaba, Ramiro?


2 comentarios:

Macondo dijo...

Estaba atrapado en tu relato, pero ya he vuelto. ¿Dónde está la puerta de salida?

Ricardo Tribin dijo...

Muy querida Ma. Angeles

El cambiar el gesto ausente por uno más humano es algo deseable para una buena cantidad de seres humanos que son super rígidos.

Un abrazo inmensoooo