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martes, 28 de marzo de 2017

PENUMBRA

Isabel tiene la mirada gastada. Ha visto tanto que no quiere seguir viendo. Es noche cerrada, toma el aire en la terraza bajo un cielo de agosto lleno de estrellas. Respira pausadamente, el frescor de la hora alivia su incertidumbre. Su hija Ana, cuando le ha confesado su verdad, se ha puesto histérica “Mamá llevas toda la vida con papá. Tienes sesenta y seis años, ¿qué vas a hacer, dónde vas a ir?” Isabel contestó “A vivir un poco. ¿Tan malo es eso, hija?”
Sabía que no lo entendería. Se ahorra el bochorno de explicárselo a Elisa y María, sus otras dos hijas.
Sin embargo piensa que es justo que la respeten como ella ha respetado la vida de sus hijas. Está cansada de vivir una mentira. Ahora ya nadie la necesita por lo tanto es el momento de emprender la marcha.
Claro que piensa que las puede perder y hacer frente común con su padre. Incluso dejarla en la calle; lo sabe y no la importa, con la pequeña pensión tiene suficiente y, si no lo tuviera, puede limpiar casas, cuidar ancianos, niños... Aún tiene fuerzas para luchar para ella. Porque es la hora de que haga algo, no por los demás, sino para ella misma.
Ha tragado, ha consentido y sabe que no puede echar la culpa a nadie; ella es la culpable por callar, por no parar los pies a Germán, su marido.
Hay mujeres que callan, que consienten, por un estatus, por dinero, por no perder la buena vida y una cuenta corriente. Piensan que es mejor la zona de confort en la que viven que arriesgar por lo incierto y, tal vez, la penuria. Pero no es su caso.
Isabel se casó enamorada, estuvo muchos años amando a su marido, de veras, con esos amores que no fallan nunca. Con sacrificio, en silencio, con bondad… Hasta que un día vio como no llegaba el dinero a casa, y no porque no le faltara trabajo a Germán, sino porque se lo gastaba con otras.
Entonces el mundo de Isabel se resquebrajó, y lo que antes había pasado por alto con ternura y bondad, ahora la hería. Sí, la hacía daño cómo Germán chillaba a los chiquillos, las castigaba por nimiedades. A ella la insultaba, la menospreciaba, la escupía…, la maltrataba. Pero ella continúo al lado de Germán, en silencio, cada vez más rota más triste.
Un grillo canta en algún lugar mientras Isabel hace acopio de fuerzas para hablar con Germán. Ya tiene la maleta hecha. Poco lleva, no necesita más. Con las ganas de vivir una vida en paz son suficientes.
Escucha los pasos de Germán e Isabel tiembla, el corazón se desboca cuando le ve aparecer. Se frota las manos sudorosas y con un hilo de voz se dirige a él.
-Germán, me voy. Te dejo que vivas tu vida. Ya es hora de que ambos lo hagamos.
-¿Se puede saber de qué, coños, me estás hablando, Isabel? Hoy estoy muy cansado y no tengo sentido del humor.
-Te abandono, Germán. Sólo eso- Isabel se levanta de la silla, pero Germán se abalanza sobre ella acorralándola en la barandilla de la terraza.
-Muerta de hambre, ¿dónde vas a ir si no sirves para nada? Si ya no sirves ni para follar.
-Déjame salir, Germán, por favor…-la súplica es tan débil que Germán no la escucha. Zarandea el cuerpo de Isabel igual que el de un muñeco. Ella trata de escapar, pero la fuerza de él es mayor que la suya y, en un momento dado, Germán la empuja. La empuja tanto que…

En la penumbra de una farola de la calle Sarmiento yace el cuerpo de una mujer. En el quinto piso hay un hombre apoyado a una barandilla fumando tranquilamente. Cuando acaba el cigarrillo se da la media vuelta y se va a dormir.
Un gato callejero lame la sangre desparramada en el asfalto; es el único testigo.


2 comentarios:

Macondo dijo...

Sí que es fuerte. Y muy bien contado, con es la norma de la casa.

Ricardo Tribin dijo...

Querida amiga Ma. Angeles.

Relatas una historia que es frecuente pues hay grandes falencias cuando aquel no lleva el dinero a casa no porque no le faltara trabajo, sino porque se lo gastaba con otras.

Te dejo mi afectuoso abrazo.